sábado, 25 de enero de 2014

Todo surgió aquél día, en aquella presentación.

Mi aportación, da continuación a una historia escrita a dos manos. Nunca pensé que me atreviese hacerlo; pero no todo tiene un por qué, solo que mi alma me gritaba que lo hiciera.

Para saber de qué va la historia, tendréis que leer la anterior y quien lo haya hecho ya, espero que os guste.

http://escribiresmiformadevivir.blogspot.com.es/2013/07/algo-mas-que-una-presentacion.html



 Todo surgió aquél día, en aquella presentación.

Mi vida como escritora estaba yendo viento en popa; ya quedó atrás mi época de escorts, —con el último servicio—, la noche en la que estuve con Roberto. Ahora, estaba completamente volcada en mi profesión de periodista, sin dejar a un lado mi pasión por la escritura y la promoción de mi novela. La presentación de "Entre dos mares", había sido todo un éxito. Jorge, mi editor, estuvo a mi lado en el día más feliz de mi vida. Ya todo estaba aclarado, ya no había ningún rastro de confusión por mi parte, ahora, aunque tarde y después de haber llorado lágrimas de sangre, sabía que le querría el resto de mis días como a un amigo.

Aunque... tengo que ser sincera, como siempre me ha gustado serlo, y confesaros, que hubiera dado mi vida porque Roberto, me presentase. Aunque lo más sensato, después del affair que tuvimos, era dejar pasar el tiempo.

Con mi jefe, había llegado a un acuerdo para que no me volviese a enviar a cubrir ningún evento en el que él estuviera presente, por más que solicitasen mi presencia. 
Las jornadas de trabajo en la oficina eran extenuantes, tan solo me permitía la licencia de conectarme un par de minutos al día a mi correo personal, para comprobar si había alguna noticia interesante entre mis amistades.
Y justo fue en ese instante cuando me enteré que Roberto, había presentado la obra de la que habíamos hablado hace tiempo en el congreso de San Sebastián.

Me hubiera gustado poder estar a su lado, ver ese brillo de su mirada y esa sonrisa tan contagiosa, que al recordar y después de tanto tiempo, todavía dibujaba en mi rostro esa felicidad que sentí aquella noche entre sus brazos.

Tal vez la ambición, tal vez, el querer llegar rápidamente a mis metas, había hecho que me comportarse como una mujer interesada y tal vez, desleal.

Me observo en el reflejo del monitor, y me doy cuenta de que estoy llorando. Extraño esos momentos en los que hasta el silencio, que de una manera arrogante se hacía protagonista entre nosotros—hasta en esos instantes—, yo era feliz a su lado.
           
Nunca me quedó claro, si realmente nuestros encuentros eran porque compartíamos la misma pasión hacia la literatura, o por el contrario —nos veíamos a escondidas—, porque la complicidad, el respeto y el entendimiento que existía entre nosotros, tal vez... podría ser con el tiempo una relación de verdadero amor.

Todavía conservaba el número de su teléfono en la agenda de mi móvil y en más de una ocasión tuve la tentación de mandarle un mensaje, para saber de él; pero el miedo a volver a confundir mis sentimientos, paralizaba todo intento.

Emocionalmente estaba tranquila, sin lugar a dudas, era el mejor momento de mi vida. Tenía todo por lo que había trabajado duramente, un trabajo que hacia que cada día me sintiera más realizada, mi primera novela en la calle y con una aceptación bastante buena, y lo más importante con ideas y proyectos interesantes.           
Pero leer el email de Roberto, en el que me pedía que estuviera con él en su día, hizo de nuevo, que esas cenizas que en su día no llegamos a apagar, ahora, otra vez prendiesen la llama de esos sentimientos, que despertó en mi aquel día, en aquella presentación; en la que mi editor Jorge Andrade presentaba su libro "Hacia el infinito".

Fue el sonido del móvil, quien hizo que volviera a la realidad, dejando aparcado el recuerdo de los besos de Roberto.

Era mi amigo Nando, quería verme, llevábamos un tiempo saliendo, pero pese a que él estaba completamente enamorado de mí, yo por el contrario, aunque que le quería con locura, me faltaba ese punto de comprensión, que solo encontraba en las conversaciones con Roberto.


Nos fuimos a cenar a un restaurante vanguardista de una elegancia sin igual, pero nada de eso, nada, hacía que me quitase de la mente a Roberto; tal vez si no me hubiera abierto el correo, si no hubiera visto su email, seguramente ahora estaría camino de un hotel, para subir con Nando a la habitación de un hotel para dar rienda suelta a la pasión. Y sin embargo, cuando intentó besarme, le rechacé. Salí corriendo del restaurante, cogí el primer taxi que paso y me fui a mi apartamento.

Confusa, me senté en el sofá y fui arrancando pétalo a pétalo, descomponiendo así, el ramo que Nando me había entregado al subir a casa a buscarme.

Tal vez quería encontrar una respuesta y armarme de valor para poner en conocimiento a Roberto, de lo que a día de hoy todavía sentía por él.

Acumular este sentimiento en mi interior, solo hacía que me sintiera cada vez peor, y decidí embriagada por el aroma de las rosas y empujada por la pasión que despertaban en mí, escribir un email a Roberto.

         
   Querido Roberto.

Tal vez ni tan siquiera leas ese email, posiblemente termine en la papelera o al entrarte como spam, ni lo leas, pero mi corazón atribulado una vez más, me ha empujado a decir lo que siento.
Me alegra saber que por fin has publicado esa obra, que estoy segura de que será un ópera prima compuesta de versos y capaz de llegar a los corazones más insensibles, cautivándoles con el sonido de esa melodía de pasión, ternura y amor, que siempre se hayan en cada una de las palabras que escribes. 
Cierto es que ha pasado mucho tiempo desde que coincidimos en la presentación del que hoy es editor de ambos, pero hoy te escribo para decirte que todo lo que siento, todo, surgió aquél día, en aquella presentación; en la que desde el minuto cero, cuando quedamos momentos antes de que empezase el acto, para hablar, desde ése instante que nuestras miradas se cruzaron, —ésa mirada escrutadora que tanto te gustaba de mí—; desde entonces y aunque me he disfrazado de insensible en ocasiones, de liviana en otras dándome a quién no me merecía, pese a todo, hoy, tengo que decirte que te quiero. 
Pero este te quiero, no sé si es tan fuerte como para querer plantearme el hecho de luchar por ti, contra viento y marea; o tal vez sea que a tu lado, tengo el valor de seguir luchando en este mundo de letras, de fantasías, de envidias y de pasión...
¡No lo sé, Roberto!, solo sé que necesito de nuevo besarte, para saber si esto que siento, esto que estoy escribiendo es real, y no un capítulo más...

         Siempre tuya
          Giselle Bayma
P.d. No me leas, compréndeme.


      

martes, 21 de enero de 2014

Habitación 503, sin preguntas, ni porqués.



Llevaba tiempo encerrada en mi estúpido intento de dar vida a un relato. Escribía unas cuantas letras y las tachaba, ninguna maldita palabra colmaba de expectativas lo que quería expresar.

La pérdida de tiempo era cada vez mayor. Mi planteamiento de querer dejar esta locura por escribir cada día estaba más cercano. Sin querer, en lugar de disfrutar escribiendo, me había convertido en una esclava de mis musas, a la espera de que apareciesen en mi vida, como antes lo hacían.

Pero, nada... Todo intento era inútil y la espera un sin vivir.

Lo que anteriormente para mí era sencillo, se había convertido en una tortura que me estaba destruyendo por dentro; tal vez porque respetaba demasiado a mis lectores, y quería cuidar al máximo mis escritos para no defraudarles.

—¡Qué necedad de pensamiento!—. A fin de cuentas, muchos de ellos me querían, eran mis amigos, mi familia; no iban a juzgarme, ni a lapidarme porque la calidad no fuese la de antes. Pero no podía evitarlo. No quería que fuese un relato más, quería que fuese el único relato, aquél relato que aun leyéndolo más de una vez, consiguiera erizar cada vello de tu piel; sí, eso es lo que quiero.

Intento ser menos exigente, pero no puedo. Me angustia la idea de haber perdido el buen hacer de hacerte sentir vivo, de hacerte dudar entre la mentira y la verdad, de hacer que tu pensamiento navegue a la deriva intentando averiguar qué hay de verdad y qué de burda mentira. —¡Qué fácil me resultaba antes!—.

Dicen que la experiencia es un grado. —¡Mentira! Si fuera así por qué ahora no puedo escribir, por qué no puedo escribir con palabras lo que me gustaría susurrarte al oído: —¿Por qué?—.

La escritora que llevaba dentro ha muerto. Leo todo lo que escribí y me entran ganas de morir. Ya nada volverá a ser como antes, cuando escribía un relato y mi corazón temblaba, era tan grande la emoción que me embriagaba, que por momentos yo misma dudaba de si lo que escribía era cierto o por el contrario una falsa.

—¡Maldita sea mi estampa!—, nunca más volveré acariciar tu alma con mis palabras.

Era inútil comerme más la cabeza. Tiré el folio a la papelera, me preparé una copa y me puse a navegar por internet, sin saber por qué lo hacía, ni qué quería conseguir con ello. Tal vez olvidar, tal vez evitar de esta manera el suicidio de quien pudo ser una gran escritora.

En estados de ansiedad, lo único que me calmaba era ver cuadros de mujeres desnudas, me daba paz; quizás porque en lo más profundo de mi ser, se encontraba, sepultada, una verdad que me daba miedo a reconocer.

De repente vi esa imagen, a esa diosa desnuda y fue entonces cuando me acordé de él, de aquél hombre, de ése gran escritor.

Hace muchísimo tiempo que no nos veíamos, tal vez desde que mi amiga presentó su novela de erotismo.


Desde aquél día que nuestras miradas se cruzaron,
desde entonces mi corazón estaba a la deriva.
Andaba perdida en mis recuerdos,
seguía siendo la musa de sus fantasías
y sin embargo, las mías, mis musas,
mendigaban su atención,
con la esperanza de volver a sentirme viva.

Sentimientos dispares despertaba ese señor en mí, miedo, respeto, admiración, pero sobre todo, deseo. —¡Sí, deseo!—.

Era imposible controlar mi deseo cada vez que le veía. Encender el ordenador, conectarme a las redes sociales y tenerle que ver como contacto, me enloquecía.


¡Qué difícil es controlar el deseo!
Qué injusta es la vida,
que te pone la miel en los labios,
cuando tus labios rebosan vida.


Y eso es lo que a mí me sucedía, quizás por eso estaba estancada entre dos océanos, sin rumbo y a la deriva.

Amaba demasiado a mi pareja, tanto que el corazón me dolía, cada vez que mi pensamiento —en contra de mi voluntad— pensaba en él, en Alejandro.


Intentaba encontrar un equilibrio entre el deber y el querer, pero te juro, que no podía. No sé qué me sucede con él, ni porque siento que todo me supera. Pero me atormenta reconocer, que sólo con él, que sólo al lado de Alejandro, que sólo cuando estoy cerca de él, es cuando mis musas hacen su aparición de una manera insultante, tanto que me causa desazón. Puesto que me es imposible ordenar mis ideas, todas rebosan pasión y vida.

Son ellas las que me convierten en esclava de mis sentimientos, las que hacen que sin querer coja el móvil, busque su teléfono, le mande un whatsapp con el siguiente contenido: Habitación 503, sin preguntas, ni porqués. El próximo día que nos veamos, te espero como esta mujer que aparece en el lienzo: desnuda, sin miedo, convencida y con el deseo de acariciar el cielo entre tus brazos...


Eva Mª Maisanava Trobo
21/05/2014




         

domingo, 12 de enero de 2014

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Vídeo realizado por Eva Mª Maisanava Trobo 

 
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