Nos frenamos
en el borde exacto
donde el deseo respira,
pero no se culmina.
En ese lugar,
en ese sitio
donde una caricia no dada
tiembla más
que un abrazo dado
o un beso robado.
Si hubiéramos ido a más,
hoy seríamos olvido:
un capítulo cerrado.
Un instante que con el tiempo se desvanece,
un recuerdo con fecha.
Pero así,
suspendidos en ese “recuerdo” latente,
somos el recuerdo que no muere.
Yo sigo en tu memoria,
tú sigues en la mía.
Porque lo que no ocurrió
es precisamente
lo que no se olvida.
Ambos lo sabemos:
lo que no se consumió
se convirtió
en un tatuaje
tatuado en un nuestra
mente
y en nuestro corazón.
Stella Bayma 06/12/2025
18:52

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