jueves, 27 de marzo de 2025

Afrontando lo vivido haciendo catarsis.

 

 

Fui. Lo miré a los ojos. Dije lo que durante meses me quemaba por dentro y él intentaba disimular por fuera.

No me tembló la voz. Tampoco me tembló el alma. Porque cuando lo vivido se dice con respeto, se sostiene en el tiempo.

El 24 antes de irme, me dijo que el 31 me infiltraría y que regresase a las dos semanas y que después fuese a otro especialista. 

Hoy, 27 de marzo, he recibido una llamada de la clínica indicándome que por motivos personales esa cita había sido cancelada. Esa actitud es propia de aquellos que saben que actuaron mal y que no tienen la conciencia tranquila. 

Primero dijo no recordar nada. Después, sin sostenerme la mirada, confesó entre líneas: —Si te cogí por la cintura fue sin querer. Siento haberte causado problemas—.

Nadie pide perdón por algo que no recuerda. Y nadie se pone tan nervioso si no hay algo que esconder.

Intentó desviar, calmar, concluir. Pero yo también tenía derecho a mi cierre. Así que hablé. Y me fui…

No como víctima. Sino como mujer que se sabe en paz.

Escribo esto no por revancha, sino por liberación. Porque hay silencios que enferman más que cualquier lesión. Y cuando se rompen, el cuerpo lo agradece.

En ocasiones, lo más sano no es que alguien te cure…sino que alguien ya no te duela.

A veces, lo experimentado no necesita ser gritado para ser creído.

Basta pensar en esto: ¿Qué necesidad tendría una mujer casada de exponerse así, si lo plasmado no hubiese sido vivido?

 

Y si él no lo entiende, es porque nunca supo sostener la mirada de una mujer que fue sincera, clara, honesta y transparente.

—Todo lo que él no fue. Todo lo que a él le faltó—.

Porque yo le admiré, le respeté. Y por ese respeto callé durante mucho tiempo. Solo escribí. Solo me contuve. Otras habrían hablado. Yo elegí no hacerlo por agradecimiento al detalle que tuvo al visitar a mi padre, cuando eso no le correspondía hacerlo. Aunque visto desde fuera, hoy, casi estoy segura de que con ese gesto estaba tejiendo su cercanía.

Y si él piensa que yo pasé la línea, que esto fue una exageración o una invención, entonces no me conoció en absoluto. Porque hasta en lo más mínimo me cuidé…

Incluso al ir a la consulta para infiltrarme, decidí comprarme expresamente un pantalón de campana, solo para esos días. —Dos días al año—.

Porque sabía que así podía subirme la pernera sin necesidad de quitármelo.

Y él lo sabía. Se lo dije:

—Este pantalón solo lo uso cuando vengo aquí, a que me infiltres—.

Otra mujer, con otras intenciones, habría ido con un pantalón más ajustado, provocando una situación innecesaria.

Yo no. Yo me vestí con respeto. Como lo hice todo este tiempo.

Solo una vez no llevé ese pantalón, y fue porque mi padre estaba ingresado. Pasé la noche con él y no me dio tiempo a cambiarme.

Pero ese día, además, mi madre estuvo presente en la consulta.

Nada podía malinterpretarse. Y aun así, él lo sabe. Lo sabe todo.

Y si todo lo escrito lo hubiese realizado desde la rabia o el despecho, habría mencionado nombres, lugares o especialidades, aunque eso hubiese tenido consecuencias.

Pero desde el primer texto, lo he protegido más a él de lo que él me protegió a mí.

Y aun así, fue incapaz de agradecer ese silencio. Ese cuidado. Esa prudencia.

 

Y aunque esta historia se centró en una sola mirada, hubo otras… que también estuvieron presentes.

Miradas que tantearon, que preguntaron sin preguntar, que sugirieron sabiendo, y se retiraron con más respuestas que dudas.

Hubo una vez que, durante una visita, alguien me habló de escritura.

No fue casual. Fue una prueba. Una forma de decir:

—Sé lo que estás haciendo. Sé lo que has dicho sin decirlo. Sé lo que está pasando—.

Y aunque me pilló por sorpresa, respondí con sutileza:

—No me digas que has visto lo que no deberías haber visto, y has dicho, lo que no deberías haber dicho, a quien no deberías habérselo dicho—.

A lo que él respondió: —¿Qué he visto? ¿Qué he dicho?

Hubo silencios tensos después. Y gestos. Y cierta frialdad inesperada en lo que antes fue amabilidad.

Pero también hubo una presencia que, sin saberlo, me ayudó a relajarme, a sostenerme. Una figura femenina, que con su serenidad y su nombre, me hizo sentir como en la gloria. Como si estar con ella fuera el mejor relajante muscular.

Y sí… escribí sobre ello. Porque escribir fue mi manera de no gritar. De no romper lo que otros disfrazaban de correcto y de avisar de que lo que se estaba haciendo no era lo más sensato.

Y si alguien se sintió aludido… que repase su memoria. Porque yo solo escribí lo que mi silencio ya no podía contener.

Y por si aún quedaba alguna duda, también lo viví en otras consultas. No era solo una mirada lo que me removía. Eran también preguntas personales en mitad de un tratamiento, como si la camilla fuera confesionario, y la anestesia local abriera la puerta a mi vida íntima. 

No preguntaba por el dolor físico. Sino por mis escritos, mis seguidores, mis palabras, por como estaba, por mis silencios… 

Esas preguntas se hacen en la calle, frente a frente y tomándose un café. Porque si los médicos tenéis ética, los escritores también. Porque en una consulta me han de preguntar por mi salud. Para hablar con la escritora ese ni es el lugar, ni el canal acertado. Por eso lo escribí, no para faltar el respeto o hacer daño, sino porque no procedía y más cuando había ropa tendida, a la que sutilmente invitaron a marcharse moviendo la mano. Sí. Lo vi aunque estuviese tumbada, me di cuenta perfectamente. 

Eso también me lo podías haber preguntado cuando fuiste al aseo. ¡Qué pena! Con lo que significabais para mí.

Pero aún con todo, porfavor, nunca dejes de ser así, ni de mirar de esa forma, porque aun en la distancia, mis musas, se alimentarán del reflejo de tu mirada y así, de esa manera, podré seguir escribiendo.

Porque cuando sabes que te leen, es complicado entrar por una consulta sin sentirte indefensa y desnuda. —Y esa indefensión, duele tanto o más como dientes en el corazón—.  Porque cuando escribo se que tengo la habilidad de acariciar el alma, pero los que me leen ya me vieron desnuda sin necesidad de quitarme la ropa. Y eso no podía ser. 


Y aunque respondía con cortesía, sabía perfectamente qué intención había detrás. Mis silencios fueron respuestas, y mis límites, evidencias que no todos supieron respetar.

Uno por su gesto, el otro por su curiosidad, y yo por cometer el pecado de sentir y de ser leal a mis principios. 



Recordad que, al final de esta historia, en esta batalla nadie obtuvo la victoria.

P.d: Al final, la rubia no era tan rubia.


Escrito por la paciente silenciosa que escribiendo hizo más ruido, que hablando.


1 comentario:

Hollman Barrero El Sembrador dijo...

Intensos momentos ya vividos. Cómo intenso debe ser el momento presente para que se dé una verdadera catarsis. La herida no sana hasta cuando no haya habido una curación en la misma herida. (No se entienda volver a producir la misma herida). La herida ha de quedar bien sana para que no quede cicatriz.
Los dos han de elaborar una verdadera despedida y no desde una dicotomía; donde uno quede bien y el otro no. Donde uno es inocente y el otro culpable. Donde uno elabore la despedida y el otro no. No hay necesidad de lastimarse.

Sin lugar a dudas la puerta había quedado entreabierta...

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