jueves, 27 de marzo de 2025

Lo que no se dice también se recuerda.

 

 

A Ella no le temblaban las piernas por los nervios, sino por la firmeza de quien ha decidido mirar de frente a la incomodidad.

Llevaba meses con una mezcla de respeto, deseo, confusión y palabras atrapadas.

Y ese día, por fin, hablaría.

Todo había comenzado con un gesto. No una caricia. No una insinuación torpe. No. Un gesto que cruzó una línea. Silencioso, preciso, cargado de intención. Y tan inesperado que la dejó muda por dentro.

Él, quien vestía la bata blanca y parecía impertérrito, era de los que hablaban poco… pero observaban mucho. De los que sabían usar el silencio para parecer serenos, cuando en realidad estaban calculando cada milímetro de cercanía.

Aquella vez le cogió de la cintura. Y no como quien ayuda a un paciente. Sino como quien invita a algo, sin querer hacerlo...

Ella no respondió. No por miedo. Sino por respeto. A ella. A él. A la bata. A ese profesional que fue hasta ese momento.

Pero el cuerpo recordó. Y la mente… empezó a escribir.

La siguiente vez que le vio, ya no había inocencia, aunque todo siguió envuelto en cortesía. Él la miró como si supiera que algo había quedado suspendido, como si su gesto anterior hubiera abierto una puerta que ahora no se atrevía a cruzar… pero tampoco quería cerrar.

Cuando se acercó para agradecerle un detalle —un gesto amable por parte de ella— volvió a posar sus manos en su cintura.

Pero esta vez, ella se dejó llevar… un segundo. Y le rodeó el cuello con sus brazos. Breve. Sincero.

No se dijo nada. Pero en aquel silencio, se escribieron párrafos enteros que ningún informe podría contener.

 

A partir de ese momento, todo cambió. Las consultas se llenaron de pequeñas pausas. De gestos que no eran obligatorios. De preguntas fuera de protocolo. De ese tipo de atención que no está en el manual, pero que todo el mundo percibe. 

Un día le dijo que se iba otra clínica en Madrid y que allí había un especialista de columna y quedó en que le llamaría. Ella le dio su teléfono, pero.. esa llamada, jamás se produjo, por lo que estaba claro que su intención no era preocuparse por la salud de su paciente.

Hasta que un día,  mientras que la estaba infiltrando le dijo que le habían propuesto irse a Dubai, ella le dijo que no se fuese, que le necesitaba como doctor y entonces el le dijo: Vente tú también. Así. Como si el mundo se detuviera y esa frase fuera la receta más peligrosa de todas.

Se quedó helada como cuando posó sus manos por primera vez en su cintura y al rato le dijo: Haré como que no he escuchado nada.

El seguía hablando hasta que ella, sin perder la calma, respondió con algo que aún retumba en su memoria:

— Piensa con la cabeza… pero con la de arriba­—

 

Y todo se volvió más frío. Él se reconoció. Se replegó. Se volvió correcto. Como si su ego hubiera recibido un “no” que, en realidad, nunca fue eso. Porque Ella no lo rechazó. Solo puso el límite que él no supo ver.

Desde entonces, algo cambió. Él empezó a recibirla con una corrección casi quirúrgica. Todo era más rápido, más mecánico, más frío. Como si tuviera prisa por pasar a la siguiente paciente…o por no quedarse demasiado tiempo dentro de su propia contradicción.

Y sin embargo, seguía teniendo esos gestos que nadie más recibía: le cogía la muleta, le compró una botella de agua, subió a ver a su padre —cuando ni era su paciente, ni tenía por qué—le abría la puerta, le preguntaba por detalles que no estaban en el historial clínico: como donde se iba a ir de vacaciones, etc.

Ella empezó a notar ese baile absurdo entre la distancia y el cuidado. No era indiferencia pero tampoco cercanía. Era una mezcla incómoda de lo que fue y lo que ninguno se atrevía a nombrar.

 

Intentó no volver durante un tiempo. Pensó que si ponía kilómetros de por medio, también pondría olvido. Pero no fue así.

Escribió como solo ella sabe hacerlo. Poemas con piel, con memoria, con pudor y con deseo. Textos en los que no había nombres, porque su elegancia y su educación, no le permitían mostrar nada más. Porque escribir era su manera de hablar sin hacer escándalo y de intentar crear conciencia para que se supiese que lo que estaba sucediendo, no era ético.

Y todos esos escritos alguien los leía. De eso Ella ya no tenía dudas.

Una vez escribió el siguiente párrafo en un relato:

Me encantaría saber cómo eres físicamente, pero no lo sé. Ena solo me habla de lo que la haces sentir, nunca te ha descrito. No sé si eres alto, de cabello castaño, ojos claros y mirada pícara, o si, por el contrario, eres moreno, con una perilla incipiente y una mirada cálida y transparente.

 

Y la siguiente vez que fue a consulta…  la perilla había desaparecido.

Cuando la vez anterior ella le preguntó: —¿Otra vez perilla?— Y él contestó, jugueteando con ella, me hace más interesante.

Curioso cuando menos que después de haber publicado esas letras, él… cambiase su imagen. Tal vez porque ese relato fue lo más parecido a un espejo.


Un día, su perfil de LinkedIn fue visitado en modo oculto por una persona cuyo cargo era de atención al paciente, de la clínica donde él a día de hoy sigue trabajando. Ella no necesitaba pruebas. Sabía que cuando uno incomoda con elegancia, siempre hay quien quiere mirar… pero sin ser visto.

Y entonces decidió hacerlo. Hablar. Cerrar el círculo. Poner voz —su voz— a lo que solo había sido gesto. Pidió cita a última hora. Pero algo ya le anunciaba lo que iba a encontrar: por segunda vez en dos años, él no la llamó por su nombre, sino por un número. La otra vez había sido después de aquella frase de “piensa con la de arriba”… y esta vez, después de haber leído todo lo que ella había escrito.

Ella lo supo: la literatura le había tocado… aunque él fingiese lo contrario.

Se sentó. Le miró a los ojos. Y con los arrestos que a el le faltaron, le dijo, con calma:

No puedo seguir viniendo. No te veo como doctor. No he podido olvidar lo que pasó en agosto… y me cuesta estar aquí.

Ella le recordó todo lo que había sucedido paso a paso y él sin mirarle a la cara, mientras que rellenaba un talón para mandarle una resonancia, le dijo: Yo no lo recuerdo, no recuerdo nada. No sé qué pasó.

Una pausa. Otra evasiva. Y finalmente él dijo:

Se ha cruzado una barrera. No puedo seguir atendiéndote. ¡Qué ironía!—.

Ella recordó en ese instante algo que vivió —pero de una manera muy distinta— Hace muchos años, otro sanitario, en una situación similar, también había cruzado una línea. Pero ese hombre, ese "señor" sí tuvo el valor de decírselo. De asumir. 

La vez siguiente que tuvo que regresar a recoger unos resultados la invitó a sentarse y le dijo:

—No puedo seguir atendiéndote. Lo que hice no estuvo bien—.

Luego le pidió disculpas. Y con el tiempo, hasta la llamó para quedar para hablar, con respeto, con verdad; y de esa verdad, nació un relación que duró cinco años.


Ella se puso de pie, decepcionada, porque el hombre al que había admirado, justo en ese preciso instante, se había esfumado.

Ya, cercanos a la puerta, Y ahí, de pie, frente a frente.

Y él, sin sostenerle la mirada, dijo:

Si te cogí por la cintura, fue sin querer. Siento haberte causado problemas…

Ella le dijo:

Espero que esto no lo suelas hacer con todas. Porque yo me he callado… pero otra podría haberte armado una buena—.

Él no respondió. Solo tragó saliva. Y ella, por primera vez sin miedo, remató:

Te tienta mi presencia, ¿verdad?

Fue entonces cuando él, visiblemente alterado, se acercó a la puerta. La abrió con torpeza, como si necesitara que todo acabara ya, y dijo lo único que su ego herido fue capaz de pronunciar:

Ana María… basta ya. Vete.

Cuando durante más dos años, antes de entrar a su consulta,  la había llamado por su nombre. No fue un lapsus, sino miedo, miedo a saber que lo que escuchó era cierto.

No la volvió a llamar “amiguita”, como en más de una ocasión hizo. No la volvió a tocar. No la miró más. Y en ese instante, Ella entendió que se había marchado antes de salir. Porque lo dicho ya no le pesaba. Porque el deseo ya no la dominaba. Porque el silencio ya no la retenía.

Y entonces supo que a veces no hace falta ser recordada con cariño... basta con haber logrado ser inolvidable. 


Habrá otras que le roben besos, caricias u orgasmos… pero todo eso se lo llevará el viento. 

Yo jugué en otra liga. Y eso… "amiguito", jamás se olvida.

Seguramente vivas el resto de la vida con la incómoda sensación de que alguien te está mirando a la nuca.


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