Nota
introductoria al poema “La yegua indómita”
Hay
despedidas que no necesitan nombres, solo metáforas. Este poema no nació del
despecho, sino de la dignidad. Es una forma poética de liberar lo que ya no
duele y de dejar claro que hay gestos que no se olvidan… porque fueron más
elocuentes que cualquier palabra.
Aquí
no hay rencor, solo memoria. La qué tú no tuviste. Y si alguien se reconoce en
estas líneas, es porque la literatura, a veces, es el espejo que el alma no
quiere mirar.
Tu ex paciente.
La yegua indómita
(por Ena)
No
era una potranca de establo,
ni una cría dócil de corral.
Era una yegua libre, de mirada firme
y galope con ritmo propio.
Se
acercó al jinete,
no por necesidad,
sino por juego, por curiosidad…
por ese deseo que no teme al polvo del camino.
Él
creyó poder domarla,
ponerle riendas sin preguntar,
tocar su lomo sin haber ganado su respeto.
Pero
ella no se ofrecía,
ella elegía.
Y cuando lo hizo,
lo hizo sin miedo,
con el alma abierta
y el cuerpo aún más valiente.
Él
retrocedió.
Y no fue por falta de deseo,
sino por exceso de cobardía.
Porque
no todos los hombres
saben montar a una yegua salvaje
sin intentar cortarle las alas.
Ahora… ella sigue galopando.
Con más fuerza, con más viento.
Porque si algo sabe la yegua libre,
es que no necesita ser montada
para saber quién es.
¡Demasiado yegua para tan poco jinete!
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