A lo largo de estos meses he recibido numerosas
reseñas y comentarios sobre El diario de Ena. La paciente que escribía.
Agradezco cada lectura, pero en este espacio solo
comparto aquellas miradas que se acercan a la novela con profundidad, respeto y
verdad. Esta historia no se lee desde la superficie; exige detenerse en lo que
realmente la sostiene: el gesto que nunca debió ocurrir. Quien no es capaz de
reconocer ese límite —y se queda navegando en aguas superficiales— demuestra
que no ha entendido la esencia del libro ni la dimensión emocional que lo
recorre. Quizá porque no sabe leer historias que duelen… o porque, en algún
momento de su vida, eligió no mirar gestos parecidos. Por eso publico
únicamente las reseñas que honran la profundidad de la obra y comprenden la
verdad que late en cada página.
Como lector, me acerco a la escritura de Eva María Maisanava Trobo con la certeza de estar ante una autora que no teme decir la verdad tal como la siente. Su voz literaria es franca, madura, íntima y profundamente humana. No escribe para adornar ni para agradar, sino para poner luz donde otros prefieren silencio. Su manera de narrar combina sinceridad emocional con una delicadeza natural que envuelve cada escena; hay una madurez que se percibe en cada página, un equilibrio entre vulnerabilidad y lucidez que solo poseen quienes escriben desde la vida real y no desde el artificio. Eva no finge, no maquilla, no oculta. Cuenta lo que vivió porque lo necesitó, y esa honestidad es el motor que impulsa toda la obra.
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El eje de esta novela no es un romance ni un
drama clínico, sino un gesto. Un instante preciso, una frontera que se rompe,
un límite que nunca debió cruzarse. Ese gesto es la llaga silenciosa que
origina la historia y la razón por la que este libro existe. Puede parecer
pequeño a quien nunca lo ha sufrido, pero es inmenso para quien lo vivió. La
autora lo narra sin estridencias, sin morbo y sin victimismo, pero con una
claridad que obliga al lector a detenerse y mirar. Y mirar duele. Porque El
diario de Ena. La paciente que escribía muestra cómo un solo acto,
realizado en un contexto de confianza y vulnerabilidad, puede alterar el
equilibrio interior de una mujer que esperaba profesionalidad y recibió todo lo
contrario.
La fuerza del libro no reside solo en lo que
cuenta, sino en cómo lo cuenta. Eva convierte un límite roto en
literatura, y lo hace con una elegancia sobria que emociona. La forma en que la
protagonista vuelca su experiencia en un diario —escribiendo porque no puede
hablar— revela la dimensión íntima del dolor y también el poder de la palabra
como reparación. El lector comprende que esta novela no nació de la
imaginación, sino de una necesidad profunda: la de mirar de frente lo que
sucedió y transformarlo en algo que pueda ser comprendido, compartido y, en
cierta manera, liberado.
El diario de Ena. La paciente que escribía es una
obra valiente, luminosa en su sombra y necesaria para quienes han vivido gestos
parecidos, o para quienes nunca se atrevieron a reconocerlos. En sus páginas
late la verdad de una mujer que decidió no callar más. Eva María Maisanava
Trobo convierte la experiencia en literatura, y la literatura en memoria.
Gabriel Cantalejo García

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