jueves, 28 de marzo de 2019

La muchacha y el gorrión


Cada noche al cerrar los ojos, una escena se apoderaba de mí, era un gorrioncito que se apoyaba en la ventana. Durante muchos días, cuando el cansancio me cerraba los ojitos, antes de que Morfeo me llevara a su mundo, el gorrioncito se apoderaba de mi mente.

Estaba pasando por un mal momento en mi vida personal y durmiendo era la única manera en la que podía olvidar lo desdichada que me sentía, porque creía que ya nadie me quería.

Llevaba mucho tiempo encerrada con la idea de luchar por algo que sólo me estaba perjudicando, que me aportaba más tristeza que alegría. Aparentemente parecía fuerte y fría en cuanto a mis sentimientos; muchos me miraban como a una mujer altanera a la que hay que pedir cita para hablar con ella. La máscara con la que me defendía, del posible daño que me hicieran, era la causa, por el que muchos ni reparaban en mí presencia, ni aún menos en mi interior.

Llegué cansada del trabajo, agobiaba por la presión de querer hacerlo todo bien, como pensaba que los demás esperaban siempre de mí.

Me tumbé en la cama para echarme la siesta y desconectar, cuando en mi mente otra vez el gorrión se hizo presente. Pero… en esta ocasión, el sueño era completamente distinto, porque el pajarillo me rozó con su pico los labios y me habló.

—Sí, sí… seguro que os habréis quedado tan asombrados como me quedé yo en aquel instante—.

De repente me vi rodeada de un mundo que no era al que estaba acostumbrada —ya no llevaba el pijama que me había puesto para dormir—. Era un mundo donde los animales hablaban, donde las hadas y los duendes que habitaban en él constantemente sonreían y con un sinfín de gorrioncillos volando por las nubes.

Llevaba un vestido dorado de hada y con unas alas fantásticas que me permitían volar, olvidarme de la realidad, sentirme libre y segura.

Un mundo en el que todos los sueños se hacían realidad, hasta lo imposible era posible. Ese gorrioncito, desprendía una luz extraordinaria… sentía que era mi ángel protector. Podía volar a su lado por encima de las nubes y posarme en un manto de flores para descansar del maravilloso viaje.

La conversación con Tyno —que era como se llamaba el gorrión—, estaba llena de palabras alentadoras, pero… no puedo resumirlo. Así que mejor os escribo lo que en ese instante me dijo.

—¡Hola, muchacha de ojos azules llorosos!, ¿por qué siempre estás cabizbaja y llorando? ¿Quejándote de la vida siempre?

—La soledad me da miedo, la vida cada día me resulta más complicada de entender y en el mundo en el que vivo, las personas no tienen apenas ya sentimientos. Es un mundo en el que todos van acelerados, en el que han perdido sus principios y valores, un mundo… cada día más frío e indiferente.

—¿Acaso piensas que este mundo dista mucho del tuyo?

—¡Claro! Aquí se respira paz, tranquilidad, comprensión, humanidad… por lo poco que he podido apreciar.

—Cierto muchacha, pero… este mundo es paralelo al tuyo, un mundo en el que solamente las personas con buen corazón e ilusión… tienen la posibilidad de conocer. Desde aquí podemos ver cada movimiento que día a día podéis vivir en el vuestro, somos conscientes de lo desconsiderados que en ocasiones sois. Pero tú, ahora estás aquí, y tienes la oportunidad de poder ver y entender muchas cosas, muchas…; cada uno de nosotros fuimos humanos en vuestro mundo, cometimos errores como vosotros, unos imperdonables y otros menos importantes, que nos permitieron tener alas y poder volar…

—¿Perdona? No entiendo… ¡Qué me quieres decir!

—Presta atención y escucha, muchacha.

En este mundo, donde estás ahora, está clasificado por tres grupos de habitantes.

Los animales terrestres —aquellos que en tu mundo fueron egoístas, arrogantes y con mal corazón—, una vez que murieron y vinieron aquí, se les otorgó un cuerpo con cuatro patas para tener que agachar la cabeza para comer, estando al nivel del suelo y así aprender a ser humildes. Pero no les otorgaron alas para poder volar… Es como un pequeño castigo, por lo que anteriormente, en vuestro mundo, hicieron. 

Luego están los duendes y las hadas —que sus errores fueron menores como en alguna ocasión tener inseguridad, sentir desamor y miedos—, por eso una vez que murieron y vinieron aquí se les dieron alas para poder volar y de esta forma coger confianza en su persona.


—Entonces Tyno… tú… ¿por qué eres un gorrión?

—Muchacha… yo en tú mundo era un hombre que no dejaba de trabajar, que vivía por hacer felices a los míos y un día me diagnosticaron cáncer; me indicaron que me quedaba poco tiempo de vida. Solamente tenía 30 años cuando me lo dijeron, y… ¿Sabes una cosa muchacha?

No dejé de luchar, vencí mi miedo, superé obstáculos, ayude a todas las personas que me necesitaban… aún a sabiendas de que sólo me quedaba un aliento de vida. Pero por mucho que luché, la enfermedad me venció y cuando vine a este mundo, me concedieron el cuerpo de un gorrioncillo con alas, ya que debido a mi experiencia podía ayudar a todas aquellas personas que aún no comprendían, que todo pasa por algo. Que no dejen de decir un te quiero a diario, porque no existe el mañana, que no dejen de luchar por sus sueños, porque si lo dejan para más tarde, puede… que nunca los puedan llevar a cabo; que vivan su vida en un presente y no haciendo planes para un futuro lejano. Que vivan el aquí y ahora, porque el MAÑANA, no existe. Que por muchos sin sabores que te de la vida, por muchos obstáculos que tengas que vencer, tienes una cosa maravillosa que en ese instante nadie te puede arrebatar…TU VIDA.

—¿Tengo que entender que si he podido tener el privilegio de poder visitar este mundo es para cambiar mi forma de ser?—.

—Desde luego muchacha… llevábamos mucho tiempo observándote y era tan difícil ser indiferente a tus miedos, que me posaba cada día en la ventana de tu habitación para guiarte. Eres joven, dulce en ocasiones, arrogante en otras, pero… por encima de todo tienes un inmenso corazón y unos sentimientos ya difíciles de encontrar, por eso antes de que te convirtieras en un gorrión como yo, quería que tuvieras la oportunidad de disfrutar de todo aquello que yo no pude cuando el cáncer se apoderó de mí.

Vive, lucha, pelea, llora, grita, tiembla… porque todo forma parte de la vida.

—¡Vuela muchacha, vuela…!—

De repente un ruido en la habitación me despertó, era mi gatita que cómo de costumbre cuando me echaba la siesta tenía la manía de darme con su patita y despertarme del sueño.

Aquél despertar cambió mi vida, mi forma de ser, mi universo entero...

Yo no tengo duda de que algún día seré un gorrión y espero, que al leer esto, tus principios y tu forma de ser cambien, así, también podrás ser libre y volar...


Eva Mª Maisanava Trobo 28/03/2019





Desde mi ventana.


          Todo había terminado entre tú y yo. Tan solo nos unían unos recuerdos que, a golpe de llorar, ya se estaban desvaneciendo. No había ni una conversación, ni un hola, ni un te quiero, solo un frío hasta luego. Nuestros encuentros distaban mucho de lo que hace años eran; tal vez mi carácter se había agriado, o quizás la preocupación de tener que hacer cábalas para llegar a fin de mes me había convertido en esa mujer que ahora era: insegura y con miedos. Aquel día, cuando viniste a visitarme por última vez, a hacer uso de lo que considerabas de tu propiedad, te rechacé. Fue entonces cuando te conocí. —¿Qué ironía, verdad?—.

Después de haber estado años y años dándome a ti, resulta que lo único que conocía de ti era tu físico; jamás había reparado en indagar sobre tu personalidad.

 

Hasta que llegó ese momento en el que quise arrebatarme la vida y poner un punto final a esta maldita agonía. Sangre, temblores, lágrimas y miedo, sobre todo miedo, eran las palabras que más se acercaban a definir lo que me hiciste vivir. Pero todo ese dolor tenía cura, todos, menos el desgarro de mi corazón.

Mataste mi ilusión, mientras que mi cuerpo, ultrajado por el dolor, con el tiempo se recuperaría. Tardé algún tiempo en volver a creer en mí, en apartar de mí la sensación de creer que lo había provocado todo.

Gracias a Dios, ahora tengo ganas de volver a sentirme viva, de querer sentirme de nuevo mujer entre los brazos de un hombre, y de querer refugiarme en esos abrazos que tú me negabas.

Quedan minutos para que él acuda a la cita que tenemos. Lleva meses ayudándome a olvidar, a superar mis miedos.
Ahora, desde la ventana de mi alcoba, veo cómo el hombre de mi vida se baja del coche para subir a mi habitación. Tengo miedo, y mucho; le amo y, a pesar de todo, los fantasmas del pasado se apoderan de mí. Quiero ser fuerte y olvidar, quiero ser libre y volar, pero... me da miedo que al despertar, él se vaya de mi lado y nunca más pueda volver a soñar.


Ena 28/03/2019 13:40


jueves, 14 de marzo de 2019

Reseña de Escorts,una semana en París. Por Rocío Ruiz

Así es Rocío quería que conocieses a Giselle, porque solamente conociendo su vida se puede llegar a entender la continuación de su historia.
En cuanto al Sr. Rodríguez se refiere y si este le hará sentir lo que en estos instantes ella anhela todavía ni tan siquiera yo como escritora de su vida lo sé. Si el capítulo lo escribiera hoy te aseguro que sería demasiado triste y ella más que nadie merece ser feliz.

Así que dejaremos que transcurra el tiempo para que otra vez y de nuevo me meta en la piel de Giselle para sentir, vivir, comportarme y actuar como ella lo haría.

Volveré de nuevo a confundir la realidad con la ficción, a no saber si ella escribe mi vida o yo la de ella. —¡Qué más da!—, ¿no crees?.

Gracias por tu reseña y ya veremos si el Sr. Rodríguez tiene a bien contestar el mail que Giselle le envío o por el contrario hay otra profesional que ha hecho que se olvide de ella.


Reseña de Escorts, una semana en París.


Quería conocer a Giselle, desde que tuve conocimiento de su existencia en el blog literario que dirige su creadora, y ésta me la envió sin dudarlo.

Atravesó la frontera llegando a Portugal. Se me presentó ligera de equipaje, casi desnuda, como dice Machado, y entre su bagaje traía una cariñosa dedicatoria.

Entre el rumor suave del mar, y el sol que acaricia nuestros cuerpos, Giselle Bayma se ha desnudado de cuerpo y alma, para contarme sus más inconfesables secretos, sus avatares, sus amores, sus decisiones, a veces, difíciles de entender.

Ahora la conozco, no la he juzgado, tan solo la he dicho: —nunca digas de esta agua no beberé—. Ella me ha confesado que quiere volver a la vida de antes, pero no por dinero, sino para volver a sentirse viva. Ansiosa me quedo en esta playa, con la incertidumbre de si el Sr. Rodríguez, será capaz de hacerla sentir lo que ella más desea…y retando, desde este momento, a Eva María Maisanava, para que no demore demasiado tiempo en desvendarnos los últimos acontecimientos, que tan magistralmente sabe narrar.


Rocío Ruiz

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