martes, 24 de diciembre de 2013

Lo sencillo, sería desearos una Feliz Navidad; pero en épocas como estas no puedo evitar plantearme el verdadero significado de la Navidad, y si de verdad existe.

¿Qué es la Navidad?, ¿lo que vemos en la televisión? ¿Lo que El Corte Inglé...s nos quiere vender? ¡No!, para mi la Navidad, si de verdad existe, dista mucho de lo que nos quieren vender.

Haciendo una burda comparación, sería como equiparar el día de Navidad, con el día de San Valentín.

¿Sólo queréis a vuestra pareja ese día? ¿Sólo le hacéis regalos ese día? ¿No amáis a vuestra pareja el resto del año, igual o más que ese día?, quizás aunque sea una comparación inusual, es lo más parecido.

Este planteamiento sobre la Navidad, está más asentado ahora si cabe, ya que yendo el otro día en Renfe con una compañera de formación, y hablando de la Navidad y por lo tanto de la carencia del espíritu Navideño, me dijo:

- Eva, es que este año no hay dinero por la crisis, y no se vive igual la Navidad.

Y sin querer vuelvo a la misma conclusión. Desde niños hemos percibido la sensación de consumismo, y sin darnos cuenta lo hemos asociado a la Navidad.

El único motivo que me impulsa a escribir este relato, (mientras que voy y vengo cada día a la formación a las 8:00 de la mañana, sentada en un asiento de un vagón del tren, mientras que percibo las miradas curiosas de personas ajenas, haciéndome sentir un bicho raro por escribir a esas horas), es para haceros ver a "todos" o a aquellos que tengan un ápice de duda, lo que para mi significa la Navidad, y no sólo el día 25, sino durante todas las Fiestas Navideñas y siempre.

Y lo voy a hacer de la mejor manera que sé, con un relato, por si lo escrito anteriormente no os ha valido para haceros sentir, lo que seguro después de leerlo, si sentiréis.

Esta historia puede ser real, o simplemente fruto de mi imaginación, pero de lo que estoy segura es que esta situación, os hará ver la Navidad desde otro prisma.

Denis un hombre africano de 30 años, sin apenas recursos económicos, teniendo por casa unas tristes ramas que con dificultad protegen a su familia de la lluvia, con suerte de tener ese día un trozo de carne que asar, pero sin pan, sin caviar, sin langostinos, sin un árbol de Navidad, sin adornos Navideños, sin paquetes dorados con regalos en su interior. Pero... con un ingrediente que en muchas casas, aun teniendo lo anteriormente mencionado, no tenemos o hemos olvidado, "el saber compartir
y dar gracias por lo que tenemos".

La salud, la felicidad, el amor y la suerte, no sólo se deben apreciar, desear, ansiar o valorar en estas fechas, sino que deberían estar presentes, en todos y cada uno de nuestros días.

La Navidad es ayudar al prójimo, compartir con los más necesitados, dar Amor, pero no sólo ahora, sino siempre. Por eso me niego al consumismo, y a celebrar la Navidad de la forma que la sociedad nos obliga.

Por eso termino éste escrito, que no es más que un pensamiento en voz alta compartido con vosotros, con una frase.

- ¿Feliz Navidad? ¡No! Salud y suerte.


 
Con cariño

Eva María Maisanava Trobo

lunes, 23 de diciembre de 2013

3ª Reseña de mi novela. Escorts, una semana en París; por Jesús San Gil.


Decía Miguel Delibes en una entrevista que leí hace años, que si alguien quería conocerle tendría que leer su obra.

Los que de una u otra forma tenemos algún vínculo con la escritura sabemos que eso es verdad. Sabemos que la capacidad de expresión de la palabra escrita supera cualquier otra forma de comunicación.

Cabe incluso la posibilidad de que el autor utilice la escritura para hacernos ver una parte de sí que no puede mostrar de otra manera. Escorts, una semana en París, es por encima de todo una novela emocional en la que la autora desnuda su alma para poner frente a nuestros ojos el drama de las urgencias humanas, de las necesidades que conducen nuestros actos y del derrumbe de las barreras tras las cuales ocultamos nuestra verdadera personalidad.

Giselle es una mujer sensible, igual que el inalcanzable Musa o Eva, la autora de este libro. Veo a la protagonista de la novela y me parece ver a su creadora viviendo las mismas experiencias y actuando de la misma forma.

Los personajes, por mucho que se esfuerce el autor de un libro en hacer lo contrario, son herederos directos de la personalidad de quien los perfila y los pone a jugar en el imaginario tablero del papel impreso. Si además, al cóctel emocional y melodramático se le añaden unas gotas de erotismo, la cosa funciona aún mejor.

Definitivamente, quien quiera conocer a Eva Mª Maisanava Trobo, que lea Escorts, una semana en París.

Jesús San Gil



domingo, 22 de diciembre de 2013

2ª Reseña de mi novela. Escorts, una semana en París; por Mª del Carmen García Sales.


Trato de describir en pocas palabras lo que ha significado Giselle para mí, pero hacer un resumen de toda una vida; plasmar los sentimientos y todo lo que acontece me resulta complicado, pues significa mucho para mí. 

Podría hacer mención...desde el pensamiento y resaltar cuatro palabras inconexas como reseña personal, pero explicar lo que sentí desde el corazón al leer esta preciosa novela es más complicado, pues: ¿Cómo se puede explicar lo que significa el amor incondicional?, ¿qué puedo decir ante el hecho de buscar nuestra propia identidad y lograr ser una misma? ¿Cómo explico lo que se siente cuando las pasiones y el erotismo nos hacen vibrar? Escorts, una semana en París: es una preciosa historia tan real como la vida misma, es la historia de tantas mujeres que sienten, sufren, Giselle puedes ser tú o yo misma

María del Carmen García Sales.

sábado, 21 de diciembre de 2013

1ª Reseña mi novela: Escorts. Una semana en París, por Luis Anguita Juega.


Mi primera reseña del escritor Luis Anguita Juega.

Todo un honor para mí...

Cuando el amor, la bondad humana, el actuar con dignidad, están en un libro, ya te empieza a atrapar, pero si encima tenemos una gota intensa y muy bien contada de erotismo, de crítica a la falsa moralidad, y dejamos que la protagonista nos enternezca con su historia, se convierte en un libro para disfrutar, emocionarse y sentir un soplo nuevo en la literatura. 


Gracias Eva María Maisanava por deleitarnos con “Escorts. Una semana en París”.


Luis Anguita Juega
 
 

domingo, 15 de diciembre de 2013

¿Para qué pensar? ¡Feliz Navidad!


          Aquella Navidad iba a ser la menos convencional que viviría, lejos de mi familia, de los amigos y del calor de un hogar. Esa noche me tocaba trabajar, estaba de guardia y tenía que asimilar que iba a estar más de 5 horas con los cascos puestos atendiendo llamadas en la línea erótica para la que trabajaba.


          ¡Dios!, estaba deseando dejar ese trabajo. Estaba cansada de argumentos mal redactados que tenía que leer sin ganas, como quien lee el horóscopo para pasar el rato. Me resultaba monótono tener que oír como se masturbaban al otro lado del teléfono mientras que leía unas cuantas frases —¡eso sí dándoles buena entonación!—, pero sin sentir absolutamente nada.

          Era triste tener que retener al teléfono a tantos hombres solitarios en busca de compañía, más que de un momento efímero de placer.

          Pero a fin de cuentas, me gustase o no, lo que pagaba las facturas de mi casa y me daba de comer, eran las llamadas de todos y cada uno de esos desesperados.

          La verdad es que con tantas historias que había escuchado, tenía material suficiente como para escribir un libro de relatos eróticos. ¡Tal vez algún día! Nunca se sabe las vueltas que da la vida y qué te deparará el destino con los años.

          Todas las noches a la misma hora, ni un minuto arriba ni abajo, recibía la llamada de Michael al que le gustaba que le llamase Chery. Nunca entendí el porqué, pero... ¡Quién paga exige!
 
          Tenía una voz varonil, sin ser muy grave, pero penetrante; tan aterciopelada que en ocasiones, después de hablar con él, era yo la que tenía que ir al baño para desfogarme.

          Chery, era un psicólogo cansado de la vida que llevaba. Supongo que de tanto tener que escuchar a sus pacientes, también él necesitaba ser escuchado.

          El caso es que cada vez me gustaba más atender sus llamadas, porque distaban mucho de las otras. Él se negaba a que yo siguiera un estúpido argumentario; quería que le hablase como si fuera su amiga. Pero me costaba y mucho. Tantos años de profesionalidad en tu haber hacen que todo lo que esté fuera de lo normal, te parezca anormal.

          Teníamos estrictamente prohibido quedar con ninguno de los clientes y sin embargo, cuantas más llamadas recibía de él, más imperiosa era la necesidad de verle, de sentir su respiración cerca de mí. Aunque tal vez su voz hacía que dibujase en mi mente, una imagen distorsionada de como realmente podría ser él en la realidad.

          Era imposible no arriesgarse a no acudir a la aquella cita que me proponía Chery. Pese al riesgo que suponía; ya no solo por el hecho de poderme quedar sin trabajo, sino porque detrás de esa voz tan elocuente y embaucadora, hubiese un hombre desalmado; cuyas intenciones distasen mucho de lo que yo me había imaginado.

          Es absurdo entrar en detalles de cómo realmente fue la conversación, lo más importante es lo entre esas cuatro paredes del hotel Zarzuela Park, sentí.

          Eran las diez de la noche cuando entraba por la recepción del hotel; me sentía completamente temerosa a la par que excitada. Me había citado con un desconocido, no sabía nada de él, salvo lo que me había dicho y sin embargo nada deseaba más que tenerle delante de mí, para saber si la imagen que en mi mente había dibujado era un espejismo o la fiel realidad.

          Anduve por el pasillo hasta llegar a la habitación 76 con paso firme, sobre mis zapatos de tacón, pero con miedo, miedo a lo desconocido; era ese miedo lo que hacia que me sintiera especial y diferente. Ésa era la sensación que ansiaba tener y que me empujaba a vivir lo que a muchos les parecería una locura.

          Cuando abrí la puerta, la habitación estaba en penumbra, apenas podía apreciar una silueta. En ese instante se giró, con paso firme hasta situarse frente a mí.

          Chery, no tendría más de cincuenta años. Sus ojos eran verdosos, de tez oscura y de labios carnosos. Vestía un traje gris marengo de raya diplomática, camisa blanca y el color de la corbata realzaba todavía más el atractivo de su mirada.

          Me quedé ensimismada, su imagen era muy distinta a la que me había hecho de él. Y afortunadamente la realidad superaba por una vez a la imaginación.

          No pronunció ni una sola palabra, tan solo me hablaba en silencio con esa mirada que tanto me inquietaba. Y yo, soñaba con vivir esa historia jamás experimentada.

          Todo era perfecto, su presencia, la decoración del hotel; todo a excepción de que como siempre y una vez más, solo era un sueño, una estúpida ensoñación más fruto de estar esperando a que el teléfono sonase en una noche de Navidad, donde todo puede ser mentira y todo verdad. Una noche en la que me sentía sola, alejada de mi familia, esperando a que pasase mi jornada laboral, para estar arropada por los míos.

          No intentes comprender lo que aquella noche sentí, ni que me empujó a escribir estas palabras; tal vez si tú hubieras estado en mi lugar esperando ésa llamada que nunca se dio... hubieras pasado el rato, como he hecho yo, escribiendo este relato.

          Tal vez en la próxima publicación, te pueda contar, lo que ahora al recordar, sin saber el por qué me hace sonrojar... Pero no le des más vueltas, ¿para qué pensar? ¡Feliz Navidad!
 
 
Eva Mª Maisanava Trobo

jueves, 10 de octubre de 2013

Escorts. Una semana en París. En breve editada por la editorial Seleer.

Sinopsis.

Giselle toma la decisión de dejar la profesión a la que se había dedicado buena parte de su juventud. Los años pasan rápidamente y está a punto de cumplir los 40 años, sabe que ha llegado la hora de abandonar antes de entrar en declive, pues su físico ya no es el mismo.

Está decidida a tomar las riendas de su vida, a dejar el mundo de noches frías, de amargos sinsabores, de besos sin calor y de gélidas caricias.

Quiere alejarse del lujo, del glamour, del atractivo mundo de la noche, de la gente "vip" y de los photocalls.

Desea llevar una vida anónima, empezar de cero, salir por la calle vestida de chándal, sin maquillaje, con sus zapatillas de sport y dejar a un lado los zapatos de tacón y la imagen frívola de una bámbola.

Pero la enfermedad de su padre, unido a lo mal que ha administrado su propia economía, la empuja a tener que tomar la decisión de regresar.

Una historia llena de humanidad, de solidaridad, de sensibilidad, de libertad, de sinceridad, de comunicación y sobre todo de apertura...donde se tocan temas delicados como el de las trabajadoras sexuales, las relaciones íntimas entre mujeres, desde lo más hondo del corazón y la intuición; jamás encasillando a nadie. Y otros muchos temas, que tú mejor que nadie comprenderás.

Una historia que está escrita con la finalidad de demostrar que hay que conocer a las personas por su forma de ser y no juzgarlas por su profesión.
 
 

 

 

domingo, 6 de octubre de 2013

Desnuda y posando para él.

        Nunca pensé que habiendo sido educada de la manera más estricta y ocultándome mis progenitores temas naturales como el sexo, podría haber actuado de esa manera.
 

        Tal vez, tanto protocolo, tanta pasión reprimida, me habían llevado a revelarme contra todo y contra todos.
 

        El mostrarme desnuda siempre había sido algo muy reservado para mí y para mi pareja; y sin embargo, cada vez que me miraba al espejo, sentía que todavía podía despertar pasiones, —pese a ese carácter algo altivo que era parte ya de mí, de mi personalidad—.
 

        Todo cambió una mañana de otoño cuando dando un paseo por el barrio de Salamanca de Madrid, —mientras que hacía tiempo mientras que mi marido estaba en una reunión en su buffet de abogados— y embrujada por un cuadro que había en una tienda de antigüedades; llamó tan poderosamente mi atención que no pude evitar el quedarme un buen rato, absorta, apreciando la belleza de ese cuadro.
 

        En aquél cuadro se podía apreciar la silueta femenina de una mujer, desnuda, serena e insultantemente bella.
 

        Sin querer y sin saber porqué sentí que me ruborizaba, no sabría decir si era por pudor, por excitación o por una mezcla de ambas; el caso es que sentí lo que nunca antes había imaginado.
 

        Cuando me dispuse a salir corriendo con la intención de dejar atrás aquella sensación que albergaba en mí; me tope con un señor que aumentó todavía más si cabe aquel embriagador estado de excitación en el que me encontraba.
 

        Jean Paul, que así se llamaba; era el propietario de una de las tiendas más conocidas del barrio de Salamanca. Era imposible no saber de él; pues era frecuente verle acompañado de una de las mujeres con más títulos nobiliarios en España.
 

        Era de esas personas que tenían luz propia, que con su sola presencia, aún sin hablar y en cualquier esquina de un local, llamaba la atención. Elegante, culto, atractivo y un cuerpo más que apetecible y bien cuidado, pese a sus más de 50 años. Conseguía con una sola mirada embrujarte y hacerte perder la razón.
 

        Por suerte o desgracia, era lo que me había pasado. Había perdido la razón ante un hombre que por su clase social —jamás habría reparado en mí—, pero por el contrario a todas las apuestas que en un salón de juegos se hubiesen llevado a cabo; Jean Paul: había reparado en mi persona.
 

        Nunca creí en el flechazo, ni tampoco por mi estricta educación, me permitía la licencia de no hacer nada, sin antes haberlo planeado. Dicen que para todo hay una primera ver y qué verdad es; de repente acepté el tomarme una copa de champagne, sin reparar, en que mi marido estaba a punto de dar por finalizada la reunión y recogerme para irnos a comprar los regalos de nuestro hijo Aitor.
 

        Me había olvidado de todo. Tener a Jean Paul delante, era tan mágico, que pese a que tal vez un atisbo de cordura en algún instante hizo acto de presencia, se esfumo para dar paso a esa mujer que anquilosada por su vida perfecta y sin ningún aliciente salvo el de ir de compras y escribir, se sentía mustia y marchita; pese a cumplir con su deber marital como le habían inculcado, pero sin encontrar en tales momentos verdadera pasión.
 

        Eran más de veinte años la diferencia de edad entre nosotros y sin embargo, sólo a su lado me sentía bien. Me quedaba embobada durante horas y horas escuchándole. Eran tan amplios sus conocimientos de historia y de arte, que era imposible dejar de prestar atención a cómo se expresaba.
 

        Y os aseguro que no buscaba ninguna protección filial, como podréis imaginar; al contrario, su sola presencia movía todos los cimientos de mi vida. Y quizás ésa desconocida sensación la que me empujo a obrar de la siguiente manera.
 

        Nunca antes había sido infiel a mí marido, ni de pensamiento, ni de hecho; en cambio ése día, embrujada por la mirada de Jean, llamé a mi marido para decirle que me iba con mi amiga Erika a tomarme un café y que más tarde nos reuniríamos en el centro comercial para comprar los regalos a nuestro hijo. No dudó, ningún instante de la palabra de su santa esposa, aquella que tenía por mujer perfecta en todos los aspectos.
 

        Y sin embargo pese a que estaba temblando por dentro cuando hablaba con mi esposo; lo desconocido, las ganas de saber qué saldría de aquella cita con Jean Paul, superaba con creces a la sensación de saber que no estaba obrando incorrectamente.
 

        Siempre había criticado a esas mujeres que buscaban fuera de casa, lo que dentro no tenían. Y ahora la vida, hacía que me tragase todas y cada una de esas palabras que injustamente y a modo de dardo envenenado había lanzado contra ellas.
 

Quería que pasase,

quería que sucediese.

Quería sentir,

lo jamás experimentado.

Quería volar en sus brazos,

y amanecer desnuda a su lado.

Despojada de miedos,

de tabúes y de absurdas etiquetas sociales.

Quería volar y dejar de sentirme muerta en vida.

Quería ser yo, aunque fuera por un maldito día...

 

         Después de tomar la copa de champagne, nos dirigimos al estudio que había en la parte trasera de la tienda. Estaba llena de maravillosos cuadros, a cuál de ellos más bonitos. Y al fondo había un lienzo blanco a esperas de ser pintado; al lado, una vieja mesa con todo el material necesario de un pintor, pinceles, acuarelas, todo, para plasmar en un lienzo lo que la retina de sus ojos captaba.
 

         Esos grados de alcohol de más me hicieron perder la razón, cuando le dije: —Quiero que en ese lienzo me dibujes—.
 
         En el cuadro que ahora podéis ver, apreciáis a una nueva mujer.
 
         Serena, viva y completamente satisfecha. Supo dibujar en el lienzo desnudo de mi cuerpo, todas aquellas necesidades que mi marido jamás supo satisfacer. Con su pincel me mostró un mundo lleno de colores y de pasiones, dejando atrás el mundo gris en el que vivía. Y ahora, gracias a él, no me arrepiento de verme en ese cuadro, como aquella mañana, en la que por primera vez me sentí una auténtica mujer.
 
 

sábado, 17 de agosto de 2013

Una estrofa compuesta de palabras.


          Siempre pensé que ir en metro era de lo más aburrido, pero cada día observando a las personas me di cuenta que era una fuente inagotable de inspiración para seguir creando esas historias que de vez en cuando escribía —confundiéndome en ellas—, y sin saber a ciencia cierta si eran reales o ficción. Pero... ¡Mejor así!, ¿verdad?

          Hasta ése día, llevaba mucho días atrapada en la monotonía, todos los días eran igual, nada parecía que en mi vida iba a cambiar; hasta ése día en el que mi mirada se cruzó con la de un desconocido.
 
          La fantasía era mi gran aliada, sin ella... ¿Qué sería de mí? ¿Y de vosotros?


         Durante varios días le había observado, siempre se comportaba como siguiendo un ritual, se sentaba en el asiento, se colocaba la camisa, abría su maletín de trabajo, sacaba un cuaderno, cogía su pluma y se ponía a escribir...

          Ése simple gesto cada día me llamaba más la atención. Tal vez porque era un "bicho" raro que al igual que la que suscribe la historia, —escribía a deshoras y en cualquier lugar—. Y por ése motivo, ese desconocido, me atraía.

          Allí, en ese momento, comenzó mi relato. No necesitaba hojas, ni un bolígrafo; con mirarle, y observarle me bastaba para escribir con mi mente, lo que ahora estás leyendo.

          Aquel desconocido se había convertido en mi obsesión, y tal vez en una víctima más de mis fantasías, o tal vez era yo un personaje creado por su mente. —¡No lo sé!, ya empiezo a dudar—.

          Nada hacía presagiar, que ese martes por la mañana iba a suceder algo distinto. Algo que a ésta escritora la haría cambiar su forma de ver la vida.
 
          Cuando me dispuse a sentarme en el asiento como cada mañana, observé que a su lado había un sitio libre, lo más fácil sería haberme sentado a su lado, observarle y tratar de leer lo que él escribía, pero ¡no!

          Me senté frente a él, para poder observar ésa mirada que cada día y con más fuerza aceleraba el ritmo de mis pulsaciones, consiguiendo de manera involuntaria provocar las ganas de querer ser esa pluma, —para ser acariciada con esa ternura y delicadeza con la que la sostenía—.

          Sin embargo y por sorpresa en la siguiente parada se sentó a mi lado. El corazón me latía tan fuertemente que se podía apreciar en el colgante que llevaba como se movía al ritmo de cada latido. Por fin pude leer lo que escribía.
 

          Allí estaba ella, observándome con esa mirada que acariciaba mi alma.

          Sin entender muy bien cómo se metió en mis venas como un torrente de energía —cada mañana—, me ilusionaba.

          Y despertó en mí las ganas de volver a escribir, como hace mucho tiempo que ya no hacía.

          Deseé desnudarla, susurrarla al oído que era mi musa, la mujer por la que yo suspiraba. Convertirla en prosa y acariciarla con cada palabra, para hacerla inmortal con el egoísmo de que mi corazón no dejase de latir, como lo hace cada día cuando la veo bajarse en la parada, —sin mirar atrás—, andando con esa seguridad, —cómo sólo ella lo hacía— dejándome sumergido en estas palabras, sin poderla decir que por su mirada... ¡Por su mirada, yo vivía!

 
          Cuando terminé de leer la última letra de aquel relato quise ser yo ésa mujer. Para poder tener la suerte de ser la musa que en esas letras describía; y tener el privilegio de susurrarle al oído cada noche mientras dormía:
 
          —No soy una musa, ni un sueño, ni una fantasía. Vivo esperando que llegue el momento de reflejarme en tu mirada para sentirme viva aunque solo sea en una estrofa compuesta de palabras...
 
 

domingo, 30 de junio de 2013

"Círculo mundial de escritores e intelectuales". Premio al tercer puesto...


           
          Dedicarse a la literatura es enfrentarte a un mundo de ilusiones y ligeras decepciones.        

          Es crear historias que en ocasiones son tan reales, que quien las lee, no sabe diferenciar, que es ficción y qué realidad.

          Empecé a escribir siendo muy niña. Mis primeros cuentos, lo escribí cuando tenía 10 años aproximadamente. Y ahora tengo 37 años. He tenido temporadas en que me he alejado de escribir porque siempre pensé que nunca lograría emocionar con ninguna de mis palabras.

          Siempre tuve un diario donde escribía todo lo transcurrido a lo largo del día, pero solo eran esos, sentimientos, que se quedaban encerrados bajo llave.

          En 1998 de nuevo volvió en mi la pasión de escribir, y de una manera incipiente. Porque no necesitaba días y días para escribir una historia. De repente sentía que tenía que escribir y escribir hasta gritar lo que mi interior había.

          De nuevo paré, porque siempre hay "amigos" que te dicen que es una bobada escribir, que para qué. Que de ello no se come. Cierto es que no se come con ello. Pero a mi, me alimenta el alma.

          Y fue de nuevo en octubre del 2011 cuando he regresado y para quedarme dentro del mundo de la literatura. Durante años la literatura y yo hemos sido amantes, quizás he querido engañar mi amor hacia ella, por timidez, por vergüenza, qué se yo por qué.     

          El caso es a día de hoy y hasta que la muerte me separe de ella, seguiré escribiendo, hasta exhalar mi último aliento.

          Hoy es un día especial para mí, otro reconocimiento más en mi corta vida de escritora, o creadora de historias. ¡Es tanto el respeto que le tengo a la palabra antes mencionada! 

          Es un honor para mí recibir este diploma, del "Círculo mundial de escritores e intelectuales". Un tercer puesto que os aseguro que me hace muy feliz.

         


          Os dejo el link, que os derivará a la primera entrevista que me han hecho.  


          Una vez me preguntaron: —Eva, ¿qué es para ti escribir?—. Aquí, en estas líneas está la contestación a lo que es su día no supe qué decir—.

 


Escribir...

Es contar historias irreales

dotándoles de una credibilidad,

en ocasiones surrealista. 

Escribir...

Es contarle al viento

lo que tu alma en silencio grita.
 
 
Eva Mª Maisanava Trobo

miércoles, 26 de junio de 2013

Una ilusión...


 
Se han ido mis musas,

y con ellas mi inspiración.

Te fuiste de mi vida,

y contigo, mi corazón.

Ahora estoy sola,

vacía, desolada

y perdiendo la razón.
 

Solo al cerrar los ojos,

de nuevo,

recobro la ilusión.

Te acaricio...

Te beso...

Te sueño...

Y vuelvo a ser yo.
 

Pero al despuntar el alba

y al abrir los ojos,

me doy cuenta

de que eres solo...

"Una ilusión"

 
Eva Mª Maisanava Trobo

domingo, 9 de junio de 2013

Pensando, sin querer pensar.



          De nuevo esos duendecillos desalmados se han apoderado de mis manos y son ellas las que a pesar de las órdenes que mi cerebro les emite, van por libre dejándome en mal lugar, escribiendo estos sentimientos.
 
          Durante mucho tiempo, tanto que ya ni lo recuerdo. Ese hormigueo que se siente cuando estás ilusionada, se ha vuelto apoderar de mi estómago, impidiéndome que pueda ingerir cualquier tipo de alimento.
 
          Siempre pensé que éste estado era propio de una adolescente, pero jamás me imaginé cerca de los cuarenta años, observándome como una niña asustada por lo que siente.
 
          Y pese a que lucho con todas las fuerzas por no sentirlo, no puedo.
 
          Estoy ilusionada, y no sé porqué, ni creo que tenga motivos. O tal vez conozca el motivo, pero me quiera engañar para no admitirlo.
 
          ¿Se pueden controlar los sentimientos?, siempre pensé que había controlado cualquier tipo de sentimiento; pero lo que había hecho no era controlarlo, sino salir huyendo cuando sentía esa estúpida sensación que se siente cuando al amanecer el primer pensamiento que tienes es el de una persona que sin saber cómo ni porqué, hace que en tus labios se dibuje una sonrisa.
 
          Lo sencillo sería arrancarme el corazón, salir huyendo de nuevo, no enfrentarme a esta situación y posiblemente con el tiempo, dejaría de sentir lo que por él siento.
 
          Pero... Ha llegado la hora de enfrentarme a mis sentimientos, aún a sabiendas de conocer su reacción y lo que es peor, su desprecio.
 
          Me he querido engañar, he querido encontrarle mil defectos, pero por más que quiera hallarlos, no los encuentro. Y no los encuentro, no, porque no los tenga, si no porque mi estúpido corazón se ha enamorado.
 
          Siempre me dijeron, Giselle, por más que quieras no podrás dominar cada minuto de tu vida. —¡Maldita verdad la que me dijeron!—.
 
          Ahora estoy aquí, pensando, sin querer pensar, y teniendo que admitir que sin querer, le quiero.
 
          Me encantaría poder escribir de una manera más positiva, quizás sabiéndome amada y porqué no, deseada.
 
           Pero me siento inerte, como una hoja que flota en el agua, queriéndome esconder en las olas, desaparecer, y esperarle en un lugar donde poder estar a solas; para tener el valor de decirle que le quiero, y que sin sus besos...muero.
 
          Fdo:
          Giselle Bayma

lunes, 27 de mayo de 2013

La confesión de un diván.


Durante mucho tiempo había pensado que esos impulsos que tenía a la hora de querer tener sexo eran normales. Pero estaba comenzando a preocuparme cada vez más. Ya no se trataba únicamente de asaltar a mi pareja a deshoras, o de hacer el amor en sitios públicos —todas esas situaciones que para muchas parejas eran normales y para otras "meras fantasías"—; mis impulsos eran cada vez menos incontrolables.

Necesitaba imperiosamente la necesidad de seducir, ya no tanto como de sentir placer, sino de seducir; de tener el poder de meterme dentro de la cabeza de mi víctima, haciendo que perdiera completamente su oremus, convirtiéndole en mi esclavo sexual.

Y como todavía me quedaba un poco de pesquis, tomé la decisión de pedir consulta a un profesional.

Siempre había pensado que los "psicólogos", eran una especie de "loqueros" que intentaban arreglar los cimientos de tu vida y encauzarlos hacia la "normalidad". ¿Pero qué es la normalidad? ¿Lo que desde niños hemos visto en nuestra familia, o aquello con lo que nos sentimos plenamente felices y satisfechos?

No es que me considerase una ninfómana, pero bien es cierto que no era normal que siempre tuviese la obsesión de "dominar", y es que aunque me cueste admitirlo, es ahora cuando rozando los cuarenta años, he descubierto que obtengo placer dominando. ¡Sí!, sé que os extrañara y que seguramente en vuestra mente me estáis viendo vestida con un body negro y esas botas de cuero que llegan hasta el muslo con un vertiginoso tacón de punta. ¡No!, nada que ver con ese tipo de "amas" al contrario... Lo que verdaderamente me excita es dominar la mente de aquellos hombres cuyos principios y valores son inquebrantables.

¡Vaya! Que cuanto más difícil es conquistar a un hombre, más luchaba por tenerlo. Tal vez sea porque dentro de mí hay más hormonas masculinas que femeninas, —pero no soporto conseguir nada en esta vida de una manera sencilla, es más si no hay esfuerzo, ni lo valoro—. Supongo que tú, que ahora me lees, comprenderás a qué me refiero.

El caso es que dejándome aconsejar por mi amiga Davinia, pedí consulta a uno de esos que supuestamente se dedican a orientar tu vida sexual.

Cuando me quise dar cuenta estaba llegando a la altura del número de la calle en la que estaba la consulta de José, —el encargado de encauzar mi vida—.

Siempre te imaginas que esos especialistas son asexuados, bajitos, rechonchos y que ni ellos, ni ninguna actitud suya, pueden despertar en ti ningún deseo.

Pero... ¡Madre mía!, cuando entré por la consulta y le vi; toda esa teoría se desvanecía por completo. Era alto, fuerte, de espaldas anchas y con unas manos perfectas. No es que fuera guapo, ¡no!, pero si era tremendamente atractivo. Era el típico hombre que sin saber cómo ni porqué me atraía.

Realmente no sabía si la solución a mis "problemas" los podría atajar él de alguna manera, o tal vez terminaría convirtiéndose en mi mayor obsesión.

El caso es que cuando entré por la consulta no sabía ni qué hacer, ni que tenía qué decir. Era la misma sensación que recuerdo que tenía cuando al preguntarme un profesor en el colegio por la materia, como por arte de magia, lo estudiado, se había difuminado en mi mente.

Recuerdo que me había vestido con una falda vaquera, una blusa blanca, con los dos primeros botones desabrochados —con toda la intención del mundo—, ya que todavía me podía permitir el lujo de ir sin sujetador y además, sentir el roce de mis pezones al tacto de la seda, me enloquecía. Y como no podía ser de otra manera, me había calzado mis adorados zapatos de tacón de Manolo Blahnik. Resumiendo que no es que estuviese atractiva, sino que era imposible que el más frío de los hombres, no se girase para mirarme.

¡Todos, menos él! Que apenas me miró a los ojos con desgana cuando me abrió la puerta de la consulta.

¡Detesto esos saludos formales de los profesionales cuando te dan la mano! —No lo soporto—. ¿Se pierden las formas cuando das un par de besos? Ya no lo sé, la verdad. Porque el nerviosismo y las ganas de meterme en la mente de José, cada vez son más poderosas.

—Dígame, Giselle, ¿en qué puedo ayudarla? ¡Cuénteme!

¿Ayudarme, contarle? —¡Joder!, ese tipo me podía ayudar bien sabe Dios cómo y de qué manera—, pero menos mal que la telepatía no existe, de lo contrario ya hubiera podía intuir que comenzaba a exudar el aroma del deseo.

—No estoy acostumbrada a estar sentada en estos divanes; ni tampoco sé que decirle.

—Entonces túmbese, —estará más cómoda— y limítese a contestar a las preguntas que le haga; por lo menos hasta que se sienta más relajada y me cuente por sí misma que le sucede.

¡Dios!, no sé si tumbarme había sido lo más acertado, porque sentir esa voz tan grave detrás mío haciéndome preguntas de lo más intimas, me estaba poniendo por minutos cada vez más y más... ¿nerviosa o excitada?

Cuando José comenzó a preguntarme sobre mi vida íntima, —de repente esa extraña hipocresía que nos conduce a mentir se apoderó de mí—, inventándome una vida sexual de lo más clásica y aburrida. ¡Vaya! Que le dije que una vez por semana, el típico misionero y poco más.

—Comprendo, Giselle.

Jamás me había sentido tan estúpida y patética, como ése día. —"Comprendo, Giselle"—, nunca antes había escuchado una frase con más sorna, como la que acababa de escuchar.

De repente comencé a sentirme de nuevo como esa niña asustada, como cuando el profesor que te atrae se pone detrás de ti mientras éste, está dictando. —Que de repente no sabes si "haber" se escribe con "h" o no–.

Qué ridículos nos sentimos cuando no sabemos cómo dominar la situación. ¡Y ése era mi verdadero problema!

Estaba empapada de sudor, ya no sabía si era por los casi treinta y siete grados que hacía en Madrid o porque su sola presencia, acaloraba mi interior.

—¿Se encuentra bien? La noto demasiado nerviosa, ¿quiere que le traiga un vaso de agua? ¿Que abra las ventanas?

—Sí, por favor. Necesito un poco agua.

Realmente no es que necesitase beber agua, lo que realmente necesitaba era saber que narices me estaba pasando y lo que me empujaba a estar en un estado, completamente inusual en mí.

Cuando me incorporé del diván para coger el vaso de agua que José me había traído —el tacón me falló—, haciendo que perdiera el equilibrio.

En su fracasado intento de cogerme para que no me cayera al suelo, provocó que ambos terminásemos tumbados en el diván.

Cuando le sentí sobre mí —dejé de ser yo—.

Son de estas situaciones atípicas que solamente están en tu cabeza y que jamás piensas que se puedan dar, pero que se dan. ¡Y vaya que si se dan!

Todavía recuerdo con qué maestría me desnudó y cómo con su lengua recorrió cada centímetro de mi cuerpo, consiguiendo que cada bello de mi piel, se erizase. Sentada en el diván, mientras que él estaba arrodillado en el suelo, comenzó a besarme el interior de las piernas, hasta llegar a mi sexo, donde detenidamente empezó a besarlo.

Por más que quise resistirme y no abandonarme tan pronto al placer, no pude.

Ya ha pasado tiempo desde aquella experiencia. Y aunque apenas intercambiamos algunas palabras para intentar solventar lo que yo pensaba que tenía que solucionar, he llegado a la conclusión, que "ésa" confesión en el diván me sirvió para darme cuenta de que sería un error fingir lo que no soy...


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