sábado, 30 de noviembre de 2024

De nuevo, gracias, muchas gracias.


La verdad es no encuentro las palabras para expresaros lo feliz que me encuentro y es que el mes pasado el blog tuvo solamente 620 visitas y este mes 1609. Estamos hablando de un aumento de 989 visitas.


—¡No sé qué decir!—


A la par que me llena de felicidad, me da mucho miedo porque sabéis de sobra, que escribir, no es fácil, que come mucho tiempo de tu vida privada y que casi todo lo que he subido a excepción de algún comunicado, todo, estaba escrito en el año 2019.


No prometo nada, pero… aunque sea un relato, poema, pensamiento, etc. Intentaré subir cada semana, solamente por no perderos. En serio, me hacéis muy feliz.


Os voy a dejar las estadísticas de este mes donde podéis ver la visitas, las entradas más leídas de este mes, como entráis al blog, todos los países que leéis el blog, y los seguidores online que estuvieron el 22 de noviembre.


Me repito, gracias, muchas gracias.


Aunque más me gustaría leer algún comentario vuestro, eso, todavía me haría más feliz si cabe.



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viernes, 29 de noviembre de 2024

No me leas, siénteme. Capítulo IV. No tienes corazón y por eso, me voy...



Estaba en mi habitación completamente absorta leyendo el diario de Dulcinea, me fascinaba su manera tan clara de escribir, pero lo que más me asombraba era la vida que había llevado.

Por lo que había leído hasta ahora a pesar de haber crecido en un ambiente aristocrático, ella era ante todo una escritora que de no haber sido porque el marquesado era un título vitalicio, nunca me la hubiese imaginado en esas fiestas de alto copete a las que ella tanto alude en su diario.

Cuando comencé a leer el diario, su nacimiento me impactó y más con la frialdad en la que su padre el marqués de Sagasta se había comportado. Nunca me había imaginado que en un ambiente que desde fuera se ve tan glamuroso y rebosante de dicha, estuviese lleno de tristeza, de desengaño y sobre todo… de soledad. Tanta gente alrededor de ellos, pero pocos sinceros y leales.

Me entristecía su vida a la par que me fascinaba. Dulcinea era contra todo pronóstico una niña que a pesar de haberlo tenido materialmente todo, había sido desdichada en su infancia… Sólo algunas tardes de ocio en la boca del asno —cerca de La Granja de San Ildefonso, donde tanto tiempo pasó en su niñez—, tomando esos emparedados que tan amorosamente le preparaban y siempre con la compañía de su adorada Aurora, su institutriz. A excepción de esos instantes y cuando se refugiaba en su diario, no podía decirse que su niñez había sido completamente dichosa. 

El papel de su madre me sorprendía, aunque también era de admirar, pero estaba más pendiente de ser una buena marquesa consorte, que de ser madre —algo que de momento por lo que llevo leído en el diario—, tanto echaba en falta Dulcinea.

En resumidas cuentas, su infancia, su adolescencia —complicada cuando menos—, y de la que sale teniendo que enfrentarse a una maternidad muy temprana —cuando apenas días atrás estaba jugando con sus propias muñecas— y por si todo lo anteriormente mencionado fuese poco, a tan solo unos días de alcanzar la mayoría de edad se ve obligada a asumir las riendas del marquesado para lo que la habían preparado desde muy niña.

Todo lo que había leído hasta ahora sobre ella me fascinaba, su valor, su coraje, su lucha por ser ella misma en una época y en una sociedad en la que ser uno mismo era prácticamente imposible.


Llevaba mucho tiempo casada, sin ser feliz, con un trabajo en el que no me sentía realizada, me había convertido en una mujer sin ilusión y el haber leído apenas unas hojas del diario que seguramente a Dulcinea le habían llevado tiempo escribirlas, había sido más que suficiente para darme cuenta de que era lo que necesitaba para tomar una decisión y cambiar radicalmente mi vida.


Tan solo en unas cuantas páginas Dulcinea había escrito como fue su nacimiento, como vivió su adolescencia y como se enfrentó a la maternidad.

Quizás tenía la sensación de que todo pasaba muy rápido, pero también es cierto que yo que escribo en un diario, haces un resumen de lo más importante. —¡Qué no hubiera dado yo por conocerla!—. 

Con menos de dieciocho años había vivido más que yo. Me parecía que transcurría el tiempo muy rápido leyendo su vida y la imaginaba a escondidas escribiendo, como ahora me encontraba yo leyendo su diario, encerrada en mi habitación, donde era libre, donde podía ser yo.

Aunque era injusto decir que envidiaba su vida, porque era más que obvio que había sufrido más que yo, en cierta manera envidiada la valentía que tenía para tomar las decisiones.


Seguía absorta en la lectura de su diario y no me había percatado de que mi marido estaba llamando a la puerta.


—Ena, ¿vamos a salir a cenar o vas a seguir embobada leyendo ese estúpido diario?—. Dijo, en un tono chulesco, altivo y grotesco.

—Desde luego Antonio… que tus modales brillan por su ausencia. Lo que hace vestir de Armani y actuar de cara a la sociedad como actúas. No sé cómo puedes ser tan falso y caer tan bien, siendo tan nimio y cretino como eres. ¿Cómo puedes decir algo así? ¿Acaso lo has leído? Tal vez si leyeras algo más interesante que los periódicos deportivos podrías tener algún día alguna conversación interesante conmigo. Pero… ¡Claro! Tú cerebro tiene solo dos neuronas: una que piensa en tu adorado Jaguar y la otra en ti mismo, y encima en ocasiones entran en conflicto. —¡Qué lástima!— De verdad que no sé cómo puedo haber estado ciega durante todos estos años de matrimonio y no haberme dado cuenta  de que tu existencia es tan estéril como lo es tu cerebro—.

—¿Me estás queriendo dejar? ¿No te das cuenta de que sin mí no vas a llegar a ninguna parte?—.

—No sé si llegaré a ninguna parte o a todas, no tengo tan claro lo que quiero, cómo si lo que no quiero, y lo que no quiero es seguir sintiéndome muerta en vida. —¿Alguna vez me has amado?— Déjame que lo ponga en duda, Antonio. Te casaste conmigo porque viste en mí a esa niña maleable e inocente que bebía los vientos por ti y que creía a pies juntillas todo lo que tú decías.

Pero nada, absolutamente nada… queda de esa niña que tú conociste.

Llevo muchos años callando, años sintiéndome como un cero a la izquierda y ya no puedo más. Prefiero tener que comer huevos fritos a diario, asistir en casas… que tener todo lo que tengo a tu lado y que no haces más que tirarme en cara.

¿Sabes?, aunque tal vez sea tarde, gracias a este estúpido diario como tú dices, me he dado cuenta de que no tienes corazón y por eso, me voy…






Comunicado "No me leas, siénteme".


Buenos días, tardes o noches a todos; porque como ya sabéis no se muy bien a qué hora os conectáis.

A todos los que habéis leído parte de mi nueva novela “No me leas, siénteme”, tengo que deciros que el capítulo que vais a leer a continuación y cuyo título es: —No tienes corazón y por eso, me voy…—, va al final del todo.

Espero que, ahora, que tenéis todos los capítulos hasta ahora escritos, disfrutéis, leyéndolos de nuevo en el orden que llevan. Así comprenderéis mejor la historia.

Como ya escribí en un post hace no mucho. Escribir esta nueva novela, me está costando mucho, sé que podré hacerlo, pero necesito tiempo.


Los escritores no estamos todo el día delante del ordenador, tenemos vida privada y aunque en ocasiones, la necesidad de escribir es mayor que ir al cine, también el distraernos, tomar un café con amigos, cenar, pasear e incluso ir a una consulta médica, es en el mayor de las casos una necesidad y una fuente de inspiración.


Vivimos en un país en el que por desgracia la gente tiene la manía de hablar muy alto y los que somos observadores y tenemos la antena siempre puesta, nos sirve para más de lo que os imagináis.


Espero que el capítulo que vais a leer os guste.


Nunca dejéis de tener en cuenta que —Los cambios, siempre son complicados. Pero muy bonitos cuando se consiguen—.


No olvidéis que el especial de La Revista de Todos será, el próximo día 22 de Diciembre. Mis compañeros y yo, estaremos, encantados de que nos leáis.



Un saludo, Eva.




Locución. Último capítulo.


Ha llegado el día en el que vais a poder escuchar la locución del ultimo capítulo de la historia de Giselle. Lo que para vosotros tan solo son casi 10 minutos de audio, para mí han sido dos días de estar locutando con mis cascos puestos, grabándome, una y otra vez, hasta dar con una entonación medianamente aceptable. Hasta que llegó un momento en el que dejé de grabarme, porque jamás, estoy satisfecha con nada de lo que hago. Fue entonces cuando decidí mandar esta locución que vais a escuchar ahora a quién fue mi jefe y que hoy es mi mejor amigo, para que la escuchase.

Él, que ha estado muchos años, monitorizándome y escuchándome, pero en un registro diferente como lo es el sector bancario, donde has de tener un protocolo exquisito, un tono de voz correcto —siendo amable, pero no cercana—, donde hablas con el cliente de intereses bancarios, de valores, de depósitos, cambios de forma de pago, quitas, condonaciones, etc.

Me dice. —¡Eva!, es como pasar de verte en pijama cuando voy a tu casa a tomar un café a soñar en querer verte en picardías.

Entonces es cuando me digo… ¡Vale!, ésta en la buena.

No ha sido fácil locutarla, ya no tanto, porque me exijo mucho, sino que, debido a estar tantos años con los cascos puestos, tengo micro nódulos en las cuerdas vocales y tengo tendencia a perder la voz. De ahí, a que me hidrate la garganta cada dos por tres y tenga tendencia a bajar el tono de voz, meter aire y de esta manera consigo no hacerme daño.

Espero que os guste y que os emocionéis, al escucharla, como yo lo he hecho, mientras me grababa.

Os recomiendo primero que leáis el capítulo y después escuchéis la locución, porque de hacerlo al revés ya no tendréis la necesidad de leer el capítulo.





No olvidéis que, aunque este sea el último capítulo de la novela que publiqué primero en La Revista de Todos y que después decidí editarla; le sigue ahora El regreso de Giselle, donde ya hay cuatro capítulos y donde hace no mucho subí otro para recordaros en qué momento se quedó su vida.

Como anuncié, el título será. —¡Y si, llegó la niña por Navidad!—. De nuevo Giselle, se enfrenta a una maternidad con las dudas de saber si Roberto asumirá la responsabilidad de afrontar una paternidad, o, por el contrario, de nuevo… será Davinia quien esté a su lado para apoyarla y tantas otras vivencias, con las que nos seducirá de nuevo. 

Aunque esto, lo estáis leyendo el 29 de noviembre, yo, lo estoy escribiendo el 21 de noviembre y os aseguro que, a la fecha, no sé, qué haré con la vida de Giselle. Como siempre cuando queden pocos días y vea que voy con el tiempo justo, será, cuando me venga la inspiración y pueda escribir ese capítulo que espero que os guste.

No tengo tan claro, que pueda lograr, excitaros como antaño solo Giselle lo hacía, porque no sólo la vida de Giselle a cambiado, sino que yo, he cambiado mucho desde el 2019.

Intentaré una vez más no decepcionaros, introduciré seguramente alguna escena erótica que otra, pero siempre… justificándolas y nunca de una manera gratuita. Siendo, como siempre, sensual… pero nunca, jamás, vulgar.

Hasta el 22 de diciembre no podréis saber de qué va el capítulo

Luego, no sé si tendré tiempo para escribir algo en el blog. Supongo que tal vez algún —poema/relato o indirecta-directa— que suelo escribir yo. Porque sí, todos los poemas que he escrito tienen nombre y apellido, aunque quién me haya provocado esos sentimientos, no lo sepa.

A partir de hoy, solamente escribiré en La Revista de Todos cada capítulo correspondiente a el El Regreso de Giselle, que por norma general —salvo que algo les suceda a mis padres—, será… ahora en Navidad, San Valentín, Sant Jordi (San Valentín para mi), el especial de verano y de nuevo Navidad.

Creerme que disfruto muchísimo sabiendo que me leéis, pero sino dejo de hacerlo, jamás podré terminar la otra novela.

Os voy a echar mucho de menos, pero… una vez más, aunque en esta ocasión voluntariamente, me tendré que ir otra vez de vuestras vidas, no sé en cuanto tiempo terminaré la novela, y de nuevo… vuelva a llamar a vuestra puertas.

No sé si para entonces, estaréis todos…

Creerme, el reto que me he puesto no es fácil, tengo miedo, mucho. Pero quiero dejar que los personajes me cuenten todo lo que me quieran contar, porque a los personajes, al igual que a las personas, hay que dejarles hablar…

En cierta medida será como perder la virginidad de nuevo, darme tiempo… valdrá la pena esperar.

Nunca olvidéis, que yo siempre estaré, bajo la almohada y a la hora del café.





Os quiere, Evita.












Escorts, una semana en París. Escorts, la novela.



Resultaba extraño verme al frente de la organización Muabgi en contra de la explotación de mujeres. Y, sin embargo, cada día me sentía más segura de cada paso que daba, pese a la inexperiencia de no haber sido anteriormente empresaria.

Aunque cada día tenía más trabajo que hacer, siempre encontraba un momento para escribir mi historia, mi vida: —Escorts. Una semana en París—. 

Lo que en un principio eran pequeñas notas en un diario para que el día de mañana mi hijo Abraham lo leyese, ahora, tantas y tantas notas habían dado lugar a una novela que, aunque no muy extensa, de seguro, no dejará al lector indiferente.

Cuando comencé a escribir esta historia, lo hice, con el propósito de hacer cambiar la mentalidad de las personas, contando mi propia vida, una vida tan real como imaginaría, pero, a fin de cuentas, mi vida.

Pero ahora que se acerca su fin, he de reconocer que lo complicado no ha sido escribirla. Lo complicado ha sido asumir que, escribiéndola, me he encontrado a mí misma. No me atrevería a decir si Giselle es real o un personaje más que ha creado mi mente, estoy en ese instante tan crucial que solo los que escriben, comprenderán.

Ese momento en el que te cuesta dejar atrás a un personaje para crear a otro, porque sientes que, si lo haces, parte de ti se muere. Y eso es lo que justamente me está sucediendo ahora. Parte de mí se muere en estas hojas, que ni tan siquiera sé a ciencia cierta si verán la luz o una vez más se quedarán en un cajón, solitarias, y sin conseguir despertar lo que a lo largo de esta historia y con cada palabra he querido despertar en ti: pasión y humanidad.

Es difícil escribir tu propia vida en unas cuantas líneas, pero el único motivo que me ha empujado a realizarlo es para ayudar a muchas personas a que habrán sus mentes y sus corazones.

Tenemos la maldita tendencia de juzgar a la ligera sin saber nada de la vida de las personas. Hacemos juicios de valores sin saber absolutamente nada de ellas, salvo lo que vemos. Y lo que vemos, la gran mayoría de las ocasiones no es más que un espejismo de la realidad.

Y es por ello por lo que aún a sabiendas de que he tratado temas que darían lugar a horas y horas de debates, me he atrevido, sin tapujos, a daros mi visión de todas y cada una de ellas.

Siempre hemos tenido tendencia a llamar putas a todas aquellas mujeres que venden su cuerpo e incluso a aquellas que se relacionan con hombres casados o comprometidos.

Pero... ¿Aún lo piensas?

Es ahora, cuando al escribir estas palabras, recuerdo aquél paseo por los campos Elíseos, cuando vi a una de las mujeres de uno de mis clientes besándose con otro hombre. Y es ahora cuando te pregunto: —¿Qué comportamiento es el más correcto, el suyo o el mío? ¿Quién es de las dos más señora? —¡Las dos sin lugar a dudas!—. Porque cada uno es dueño y señor de sus actos. Que sean más correctos o no, ¡no seré yo quien los juzgue! Tal vez quien haya llevado una vida recta y sin confusiones podrá hacerlo. Aunque...dime, ¿conoces de alguien?

Cuántas veces he leído artículos en los que se tachaban de depravados, de pervertidos y apestados a todas aquellas personas que llevaban una vida sexual activa y hacían sus fantasías realidad.

Yo, las he hecho. Antes de estar con Davinia, fue, para mí, una mera fantasía. La desee desde que la vi, temblé cuando la tuve entre mis brazos y vibré cuando sentí cómo se estremecía de placer, mientras que con mis labios la provocaba un orgasmo.

Ahora que has leído esto, pongo las manos en el fuego, teniendo la certeza de que has sentido un cosquilleo en tu interior y que mis palabras han despertado tu deseo. Dime: ¿eres un depravado, un pervertido o apestado, por haber sentido eso?

Puedo intuir la expresión de tu rostro ante esta pregunta, en la que inconscientemente, mientras que me lees, asientes con la cabeza. Pero da igual, yo no te voy a juzgar. ¡Faltaría más!


Este capítulo, que no es más que el epílogo de una novela. Y que sé, que está siendo diferente a lo que seguramente antes habías leído en otras novelas, donde sus autores, aprovechan para agradecer a todas aquellas personas que han hecho posible la novela.

Pues bien, yo tengo que agradecerte a ti, que me has juzgado, que sin querer o queriendo me has vilipendiado. Y que, gracias a tus miedos, a tus perjuicios y a tus propios temores, que en algún momento a lo largo de esta historia —has sentido que en ocasiones eran reflejos de tu propia vida—, he escrito mi primera novela. 

Gracias por hacerlo. Sin tus críticas, no podría haberlo hecho.

Tal vez estoy consiguiendo meterme en tu mente e invitarte a que, de nuevo, vuelvas a leer esta historia. Tal vez así sepas que no hay que juzgar a quien lo único que ha hecho es escribir y soñar.

¡Qué difícil es escribir un final! Y sobre todo cuando no sabes qué es mentira y qué es verdad. Creo que antes de mandarla a una editorial, la leeré de nuevo, la corregiré y tal vez, después, pueda saber si soy escritora o un personaje más.

De nuevo y una vez más es el teléfono quien me devuelve al mundo real.

—Giselle, hija, ¿estás bien?

—Sí, mamá. Estaba escribiendo. Ya sabes, yo y mis fantasías. ¿qué tal estáis?

—¡Dios mío, Giselle! ¿Alguna vez dejaras de soñar y vivir la realidad?

—No, nunca. La vida es un sueño y yo vivo soñando.

—¿Cuándo podré leerla?

—Pronto, muy pronto estará a la venta.

—Esta vez, ¿quién ha enfermado?, tu padre o yo. ¿A quién has matado?

—¡Ay!, mamá. Ya lo leerás.

—Nota—


Giselle terminó su novela. Su padre se recuperó del todo. La organización Muabgi era cada día más conocida entre las mujeres que hacían la calle.

Una vez que dio a luz a su hijo Abraham, mandó el borrador a varias editoriales.

Al final consiguió que se publicase.

En la presentación estaban todas las personas que ella más quería, sus padres, Davinia y en el cielo —observando atentamente— el Sr. Musa; y muchas de aquellas mujeres que había sacado de las calles acompañadas de sus maridos y sus hijos.

No solo ha conseguido cambiar su vida, dejando atrás a ésa bámbola para convertirse en una gran empresaria, sino que ha conseguido, cambiar la forma de pensar de muchas personas. Quizás ése logro se deba a la personalidad de Giselle.

Sin ambages, sincera, apasionada, inestable, algo ingenua, pero, sobre todo, humana.

Hoy su libro es comprado por mujeres, que desean labrarse un futuro mejor; por madres que tienen hijas lesbianas —para asimilar que el amor no tiene sexo—, sino que nace del corazón, y por mujeres que dejan de lado a sus maridos —olvidándose de ellos—, para evitar que esto suceda y terminen contratando los servicios de una profesional.

Y por ti, que desconozco el motivo por el que lo has hecho, pero que, gracias a ese gesto, yo, ahora soy feliz.

¡Gracias, muchas gracias!

Con cariño;
Giselle Bayma









martes, 26 de noviembre de 2024

Operación... "Bolita de Navidad"


Hoy podría ser un día cualquiera, pero no lo es. Porque principalmente te levantas con la firme idea de saber que en ti está todo lo que necesitas para ser feliz.

Te miras al espejo y te das cuenta de que aún… tienes tu público y eso hace que te sientas más bonita que nunca.

Te pones un conjunto de lencería diferente, sales a la calle, desayunas, te hacen la manicura, pasas por la floristería y te dices a ti misma

—¡Sí, me las merezco!—, porque no necesitas de nadie que te las regale, porque mejor que tú nadie te conoce, porque solamente tú sabes que sientes y deseas hoy…


Sigo caminando por la calle, hace frío, noto que mis pezones se endurecen, las bolitas chinas están haciendo muy bien su trabajo y hacen que esté más excitada de lo que normalmente suelo estar cuando, días como hoy, estoy ovulando.

Voy al ambulatorio, porque necesito que incorporen en la receta electrónica, un medicamento que me han recetado hace no mucho. 

Al salir ya es tarde y me doy cuenta de que empiezo a tener hambre y hasta aquí todo parece básicamente algo normal.


El problema es cuando entro en la cafetería y observo que está adornado con motivos de Navidad. Y para vosotros será algo normal, pero para mí no… y en unas cuantas líneas entenderéis el por qué.


Me siento, viene la camarera, pido la comida, me la traen y el pulso cada vez se me acelera más. 

Y estaréis pensando… 

—¿Por una simple hamburguesa de pollo con aritos de cebolla?— 

¡No!, nada que ver con eso. 




Si, lo confieso, soy cleptómana de bolitas de Navidad desde que una compañera mía del instituto y yo con la tontería de decirnos la una a la otra. 
—¿A qué no te atreves?—

Y no sólo me atreví ese día, sino que ya lo tengo como una tradición el robar/sustraer o como diría mi amigo —cambiar de lugar—, una bolita de Navidad.


Me traen la comida, disfruto de ella; pero las putas bolitas y el Papá Noel con esa carita de bonachón me están llamando, me están incitando a hacerlo.

Se me acelera el corazón, sé que no es el momento, hay gente, me verían.

Pero a cada instante… comprendo más a los esquizofrénicos, cuando esas voces de su interior les incitan a hacer ciertos actos.

Yo no tengo esa enfermedad, pero ahora, más que nunca, empatizo con ellos, porque esas “malditas voces”, me están gritando: —Hazlo, hazlo, roba la bolita. Llevas años haciéndolo y sabes que te da suerte—. 

Pero hay cámaras, y podría ser grabada lo que hace todavía que las ganas de hacerlo sean más fuertes.

Me relajo, empiezo a otear mi propio Instagram y me doy cuenta de que en el año 2021, aparece la foto de una bolita que robé un día en el que un amigo me invitó a cenar y éste conocedor de mis “tradiciones” se convierte en unos instantes en mi cómplice. 


—Si queréis ser mis amig@s tenéis que saber que tendréis que pasar tarde o temprano por esta prueba para ganaros mi confianza—


Sigo mirando las fotos y en el 2022 en la sala que había frente al control de enfermería en el hospital de Quirón de la planta donde me ingresaron, había un precioso arbolito de Navidad con esas malditas bolitas que cada año hacen que del 1 al 23 de diciembre me vea obligaba a cumplir con mí tradición. 

Hay cámaras, pero no me importa, necesito hacerlo y lo hago.





Sigo observando las fotos y en el 2023 aparece la foto de una bolita que robé un día en el que aprovechando que tenía que llevar unos documentos de mi padre al Hospital Puerta de Hierro, de nuevo, y como es normal en estas fechas otro arbolito de Navidad aparece delante de mis narices.

Intento respirar, el corazón me late rapidísimo, siento que me estoy ahogando. Aunque casi me alegro de tener esa opresión en el pecho, porque en ese instante pasa un doctor que sería el candidato perfecto para que me realizase una Rcp.

—¡Maldito juramento hipocrático de mierda y maldita ética profesional!—

Y es que no lo puedo evitar, las batas blancas me aceleran. Ahora alguno entenderá el por qué siempre estoy acelerada cada vez que voy a su consulta, y no es por él, sino por la "jodia" batita blanca que... eso... 

A todo esto, el doctor pasa de largo, por suerte para él, porque accidentalmente me hubiese caído al suelo, solo para sentir el roce de sus manos en mi piel.

Y es en ese instante cuando lamento no haberlo hecho, porque en esta ocasión debido a ese querido y odiado juramento, tendría la obligación de socorrerme. 

Pasa una enfermera, luego otra, la señora de la limpieza y el jodido arbolito de Navidad sigue discriminadamente llamando mi atención. 

Respiro, no hay nadie, hago una foto, siempre tengo que tener la prueba para subirlo a posterior en las redes, y por fin consigo robar la dichosa bolita de Navidad. 


Este año he decido que sea en una clínica donde logre, un año más, hacer mi "tradición" realidad.


Y sólo tengo tres oportunidades el 2, el 20 y el 23 de diciembre para poderlo conseguir, que aunque realmente no tengo que ir al médico, he pedido cita, para así tener esa oportunidad, de llevar a cabo la "Operación... Bolita de Navidad".


Al salir de la cafetería donde he comido, mis pasos, me dirigen una vez más a la biblioteca.

Tengo la imperiosa necesidad de leer algo distinto, fuera de lo que normalmente suelo leer.


¡Me encanta el olor que hay en las bibliotecas!

Y de repente, cuando paso por la sección de “Autores locales” me doy cuenta de que mis dos retoños siguen en las estanterías para que la gente disfruten de esas dos historias que marcan un antes y un después en tu vida.


Como espero que haya marcado este relato tu vida.


Espero que os hayáis divertido leyéndolo como yo… ¿escribiéndolo o siendo protagonista del mismo?


Sea como fuere, ser felices y no olvidéis que el próximo viernes será el último capítulo de la vida de Giselle que podréis leer y escuchar a la vez.


Feliz día…



Eva Mª Maisanava Trobo 26/11/2024 20:06

lunes, 25 de noviembre de 2024

Genial Imagen por Don Manuel MEJÍA SÁNCHEZ-CAMBRONERO


Este mundo, siempre he dicho que es de oropel, pero, sin embargo, en ocasiones, te encuentras con situaciones que te hacen ruborizar, pero que sin duda alguna te llenan de felicidad.

Don Manuel Mejía Sánchez-Cambronero, un gran poeta de Ciudad Real, al ver este montaje que había hecho con mi foto, me escribió este poema.

Y aunque aquí solamente público cosas mías. Pero... cuando, un admirador, de repente te manda esto, pues estoy que no estoy... 

¡Vaya! Que me alegra saber, que, a mi edad, todavía tengo mi público.

Tenía que compartirlo con vosotros, porque todavía.. aunque "pocos" quedan “caballeros”.

¡Gracias, Don Manuel! Ya se las di en su día, pero como sé que me sigue lo hago también ahora.

Espero que a vosotros os guste, porque yo sin lugar a duda, me he enamorado de su buena péñola.

Y es que, ¡sí!, a los que escribimos no se nos conquista con un cuerpo espectacular; sino que lo consigue un hombre con la cabeza bien amueblada, con buena retórica y sobre todo… con una excelente educación y un mejor saber estar. Y si encima disfruta leyendo lo que nosotros escribimos, ya tiene un gran porcentaje ganado a su favor.


 Disfrutar del poema, ¡gracias a todos!

 

 Genial Imagen

 


Esta imagen tan preciosa

donde está la torre Eiffell,

y de ese fondo tu rostro

con claror se deja ver

salpicado de burbujas

y con esa candidez

que nace de esa mirada

penetrante de tu ser,

que lo va diciendo todo

con su brillante mudez,

que no precisa palabras

para dárnoslo a entender.

La estampa habla por sí sola

y cuanto en ella se ve

forma parte del embrujo

que envuelve el hoy y el ayer;

y que a la vista la arrastra

sin poderla detener nadie,

 porque su atracción

tiene un fuerte no sé qué…

 

**************

********

Manuel MEJÍA SÁNCHEZ-CAMBRONERO


A Eva María Maisanava Trobo, con afecto…




domingo, 24 de noviembre de 2024

Deja de escribir y haz algo de provecho.



         Buenos días, tardes, o noches;

         Rebuscando en todos los relatos que, desde hace mucho tiempo, tengo guardados, encontré, este que fue parte de una antología y que si queréis podéis adquirir, ya que fue en noviembre del 2019 cuando se hizo la primera edición. En el margen izquierdo de este blog, donde aparecen todas las antologías, está la imagen de la portada, si pincháis en ella os direccionará directamente a la página de la editorial. Creerme vale la pena. 

Siempre, durante toda mi vida, he tenido que enfrentarme a esta frase que decidí que diese título al relato —¡Deja de escribir y haz algo de provecho!—, frase que mis padres, parejas —que se fueron de mi vida porque decidí no dejar de escribir—, amigos, muchas personas, que piensan que escribir no sirve para nada. Mi pregunta es: ¿Lo sirve el hacer una carrera que en el gran porcentaje de ocasiones no te da de comer y te obliga a ejercer otra profesión para la que no te has formado?, ¿lo sirve estar años estudiando medicina y seguir día a día formándote, para cobrar, en los mejores casos un sueldo que no llega a los dos mil euros limpios, esto, sin tener que estar de una clínica a otra?, y un sinfín de preguntas que a modo de acufenos martillean mis oídos.

Y tal vez si me baso en el tema monetario, seguramente tenga que darles la razón y callarme la boca; ahora bien, si me baso en lo que la literatura, me aporta y aporta al lector, en lo que siento y siente el lector; entonces… hay es cuando comienzo de nuevo a discrepar.

Escribir es mucho más que intentar, con palabras, formar frases más o menos coherentes; escribir, es dar voz a mucha gente donde en cada relato se sientan identificados.

Una vez me preguntaron:

Eva, ¿qué es un libro? —Analizar bien la respuesta, porque fue escueta, pero… sincera.

Contesté: Un libro es algo más que un conjunto de palabras, cubiertas de una atractiva portada, son sentimientos, jirones que salen del alma.

Muchos de nosotros que consumimos literatura, de un género u otro, eso da igual. Cada uno tiene sus gustos y como tal se han de respetar, infravaloramos el trabajo que hay detrás.

Yo, que llevo años, dedicándome a escribir, me he dado cuenta de que jamás se puede faltar el respeto a quién intenta de la mejor manera que sabe, crear, esa historia que te erizará la piel en algunas ocasiones, en otras te hará llorar y en otras, te hará pensar…

Todo el mudo lee, pero no todos saben cómo hacerlo. Seguramente como lector en algún momento dado hayas interpelado para tus adentros..., ¡yo!, esto lo hubiese escrito así. Mi pregunta es… ¿Por qué no lo haces tú?, porque no te encierras en una habitación, dejando, en muchas ocasiones tu vida privada, abriéndote en canal, escribiendo una historia, que no siempre verá la luz y en el mejor de los casos, si lo hace, te cueste luego venderla.

¿En serio, que escribir, no es hacer algo de provecho?

En fin, después de estas frases, que como siempre quién las lea, interpretará a su manera, os dejo el relato que escribí en su día y del que a la fecha sigue siendo ese relato que marca y te hace pensar, como todo lo que escribo.

Con cariño, Eva

24/11/2024 20:48




—¡Deja de escribir y haz algo de provecho!—, me decían día, tras día.

Han pasado muchos años desde que escuché esa frase, cuando era apenas una adolescente que se encerraba en su habitación, intentando escribir todas y cada una de las cosas que sucedían a su alrededor.

Fue una tarde de primavera, cuando al llegar a casa me encontré el diario roto y hecho añicos. Y no era rabia lo que sentía al verlo así. A fin de cuentas, diarios en blanco había muchos. Pero...ninguno estaba lleno de tantas vivencias, de tantos sinsabores, de tantos sentimientos...

Siempre crecí escuchando esa maldita frase, que martilleaba mis entrañas y arañaba mi ser: —Deja de escribir, estudia algo de provecho y deja de fantasear—.

¿Y qué era hacer algo de provecho? ¿Estudiar políticas, medicina, empresariales? Quizás eso era lo que mi familia consideraba hacer algo de provecho; discrepancia que siempre hemos tenido.

¡En fin!, intentando luchar por mi futuro y dejando atrás esos momentos tan ingratos por los que tuve que pasar. Hoy decidí ir a dar una vuelta por Madrid.

Mientras voy caminando por la Puerta de Sol, mirando a mi alrededor, viendo a los jóvenes manifestarse por culpa de la situación que hoy se vive en España, me pregunto: ¿Por qué los grandes empresarios han dejado de ser humanos? ¿Por qué la gran mayoría de los políticos, carecen de cerebro, y son unos desalmados? ¡Eso era lo que mi familia quería que fuese!, ¿alguien de provecho?

Quizás viendo el telediario, leyendo los periódicos, informándome de la situación "real" que hay en España, y no de esa falsedad que lo políticos prometen en sus mítines, me sirva para darme cuenta de que es mejor ser escritora, ser la voz de muchos españoles, transmitir la rabia que ahora nos inunda, y entonces estar segura de que escribir, en ocasiones, es algo más que fantasear.

Dejando atrás la Puerta de Sol, subo por una de las calles más famosas de Madrid, donde muchas mujeres ofrecen su cuerpo como mercancía al mejor postor, a cambio de unos cuantos euros, mientras que sus chulos las explotan sin pensar que detrás de cada una de ellas, hay mujeres con sentimientos y con hijos a los que alimentar.

Por momentos mi indignación va "in crescendo".

Mientras que intento olvidar la rabia que en esos instantes está tan latente en mí; recuerdo que tenía que escribir un relato para una antología. No sé sobre qué escribir, pero sí tengo claro, que ha de ser diferente y como todo lo que yo escribo, que le haga pensar al lector y que le pellizque el alma.

El rugir de mi estómago me anuncia que llegó la hora de comer.

—¡Faltaría más!— como negarle a mi estómago el capricho de un buen bocadillo de calamares con una cerveza. ¡Dios! Si a cualquier mortal al que se le venga la escena, aunque no tenga hambre, se le abre el apetito.

Pero... es curioso como algo tan placentero como yantar un buen bocadillo, se puede convertir en el momento más duro del día.

Mientras observo como por la puerta entra un hombre —que no tendría más de 50 años—, para entregar su curriculum al camarero. La curiosidad se apodera de mí y hace que me levante y me dirija hacia él.


No suelo hablar con desconocidos, pero es de esas veces que sientes que esa persona te puede aportar algo, aunque realmente no sabes el qué.



—¡Hola! me llamo, María. ¿Le importaría sentarse conmigo? ¡Pida lo que quiera!, corre de mi cuenta.

—Encantado, María. Me llamo Roberto, pero siento decirle que no puedo aceptar su invitación. Tengo que seguir buscando trabajo.

—¿Y de qué busca trabajo?

—Con encontrar un trabajo, me basta. ¿De qué? Eso no me importa. Pude apreciar como sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas.

—Si puedo ayudarle en algo, sólo tiene que decírmelo.

—¿Puede pagar mi hipoteca, puede dar de comer a mis hijos, puede explicarme cómo después de trabajar más de veinte años, habiendo hipotecado mi vida familiar, por y para conservar el trabajo, me encuentro un día con el despido? ¿Puede explicarme el por qué?

—Yo... No sé qué decirle... —Dije titubeando—.

—¡Ni usted, ni nadie sabe qué decir! Vivimos en un país en el que cada día las cosas están yendo a peor. ¡Solamente nos falta la carta de racionamiento! Todo está desestructurado, y lo peor de todo es que siempre es el pueblo quien sufre las consecuencias. Tendría que cambiar todo, María. Empezando por la monarquía; que ése que lleva la corona no hace otra cosa que jugar a James Bond con ésa rubia llamada Corina. Y si hablamos de su yerno... ¡En fin, María!, qué le voy a contar, que usted no vea por esas retinas.


Roberto se marchó sin haber tomado nada, pero dándome una vez más la razón del por qué tenía que seguir en mi lucha por ser escritora, para que algún día, cercano o lejano, pudiese contar a todos, lo que verdaderamente se cocía en las calles, que distaba mucho de esa "irrealidad" que los políticos nos vendían sin ticket ni garantía.

A duras penas malcomí el bocadillo. Realmente la impotencia de sentir la rabia de ese hombre provocó un nudo en mi estómago que me impedía comer.

Después de pagar la cuenta, de nuevo me vi caminando por las calles de Madrid; encendí un cigarrillo para intentar mitigar de alguna manera la desazón que las palabras de Roberto habían causado en mí.

Deshaciendo el camino, que antes había andado hasta llegar al bar, tuve que ver con mis propios ojos, como un niño, que no tendría más de diez años revolvía en un cubo de basura para encontrar algo de comida que llevarse a la boca. Fue en ese instante cuando realmente me sentí la persona más ruin del mundo, cuando apenas unos segundos antes, había dejado el bocadillo a medias, a sabiendas de que iban a tirarlo a la basura.

La realidad que día a día tenían que ver mis pupilas, hacía que sintiese la necesidad de seguir luchando por escribir algo que no dejase indiferente al más insensible de los seres humanos.

Sin darme cuenta ya eran las seis de la tarde. Y pensar que solamente había salido a dar un paseo e intentar olvidar la maldita frase que sin saber por qué de nuevo martilleaba mis pensamientos, me vi envuelta en un realidad tan cruel, que aprisionaba mi alma y me impedía respirar.

Apenas recuerdo cómo llegue a mi casa, ni tan siquiera sé cómo acerté a cambiarme de ropa para ponerme el pijama.

El miedo, la rabia, hacían que temblase como si fuera esa niña que a escondidas y bañada en lágrimas, se refugiaba en su diario, mientras que escuchaba, una y otra vez:

—¡Deja de escribir y haz algo de provecho!—


Todavía seguía sin saber de qué tema escribir y cómo enfocar el relato para la antología. Escribir de amor, de erotismo, de guerras, estaba quizás ya muy visto. Y tener la osadía de intentar emular a Cervantes, escribiendo sobre Dulcinea o Don Quijote, sería manchar el buen hacer de un gran maestro.

La verdad es que el miedo a rellenar un folio en blanco, ese pánico que solamente un escritor puede entender, se apoderó de mí. ¡Yo!, que siempre había escrito con una facilidad pasmosa, ahora... Nada de lo que escribía me satisfacía. Empezaba una palabra y la borraba, y cuando conseguía tener un párrafo me parecía mal escrito y lo tachaba.

Así, estuve buena parte de la tarde. Y ya adentrada la noche, lo vivido durante el día se me hizo presente, y fue entonces cuando decidí escribir lo que sentía.

Cuando conocí a Roberto tuve la sensación de que algo me aportaría.

—¡Y vaya que si lo hizo!—. Es por él, por las mujeres de sonrisas fingidas y gélidas caricias, por el niño que rebuscaba en el contenedor, por los jóvenes que se manifestaban por un futuro mejor.


Y sobre todo por ti, —que ahora me lees—. Para que nunca olvides que este conjunto de palabras que acabas de leer son algo más... que un maldito relato.
                    


Eva María Maisanava Trobo

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